Chetos sin nombre

Por: Claudio Gómez | Viernes 10 de Noviembre de 2017

Poco interesa el nombre de esta mujer cuya voz circuló y circula por todos los oídos argentinos. Su nombre importa menos que su mensaje y su mensaje, menos que los acumulados rechazos que provocó. Si hasta el mismo Tinelli se ha puesto a llorar…

La “cheta” no quiere abrir la ventana de su apartamento y ver gente tomando mate en reposera. No quiere salir a la ventana y ver a los “grasas”. ¿Está mal eso? ¿Comparado con qué?

Por estos lares de La Plata, yo he escuchado gente repugnar la Feria Paraguaya, porque “hay olor”. Estas personas no especifican olor a qué, pero todos más o menos entendemos. El tema de los perfumes es una preocupación.

Recuerdo que una vez, en la sobremesa de un opíparo almuerzo, a una chica de cabello decolorado a rubio quien dijo que estaba “contenta con el albañil”, aunque destacó que “tiene olor a peruano”.

Claro, otro olor no podía tener, ya que el tipo era de nacionalidad peruana. Otra vez toda la ronda sabía a qué se refería: a lo nauseabundo del aroma de  la transpiración, que se endulza peor cuando es de un migrante cercano.

Pero resulta -supimos después, porque siempre hay defensores de los respetos civiles- que el hombre llegaba a su casa en barrio norte, después de recorrer varios kilómetros en bicicleta desde Los Hornos. Igual, la ocurrencia de la chica, la forma en que lo dijo o no se sabe bien qué recurso expresivo de racismo generó algunas risitas.

En el Día de la Tradición sería bueno repasar otras tradiciones similares, que nos hacen tan argentinos como hipócritas. Por caso, el de las adolescentes que merecen el piropo agresivo porque llevan la pollerita muy corta, o la del jardinero casual al que no dejamos flanquear la puerta de casa “porque es un desconocido”, además de negro y de gorrita.

El caso del “boliviano chorro” que aumentó 5 pesos la lechuga y el de la paraguaya que “es puta para mandar plata a su familia que vive tirada panza arriba”. El de las travestis que “andan en bolas” por la calle y a las que los conductores de autos importados no logran rechazar. Magnetismo, que le dicen.  

El ejemplo de las villas a la vera de la autopista, que afea –recurrentemente- el paisaje y que unos kilómetros más allá, sin agua ni electricidad bien que podría pasar desapercibido. El de “esta vieja de mierda que no escucha nada” y quiere comprarse zapatos o simplemente que la peinen.

Bueno, en fin, ejemplos de lo que somos y que el espejo matutino no devuelve, porque no es una imagen que reconozcamos en nosotros, que nos lavamos los dientes. Porque nosotros -es bueno mencionarlo- tenemos todos los dientes.

Está el “de ese auto de mierda”, que ya no debería circular y el de la bicicleta que va tarde al laburo “y si lo tocás con el auto lo tenés que pagar por bueno”.

Es una selva traumatizada por la “cheta” que dijo lo que pensaba. Una jungla no tan dispuesta a revisar las cortas diferencias que nos separan de los chimpancés.

Un tipo vive en un médano. Desde allí el paisaje es de una “estética” artística. Solo que el tipo no vive allí, se aloja en Puerto Madero, fue vicepresidente y quiso comprar –parece- una máquina de hacer dinero. Ahí va en su moto espectacular y lleva su guitarra eléctrica. El pibe apenas nutrido lo ve pasar.

No importan los nombres. En serio, no importan. Como el hombre platónico, uno es el arquetipo de todos.  

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