La lucha de los mapuches vista y vivida por un profesor de letras platense

Hace cuatro años que Rodrigo Mauregui vive en Puerto Santa Cruz. Allí conoció a los mapuches desde adentro y mantiene una fuerte relación que le ha hecho conocer un mundo nuevo. Dura crítica al tratamiento de algunos medios tras la desaparició de Santiago Maldonado.

Por: Infoplatense | Lunes 14 de Agosto de 2017

El mito de Sísifo cuenta que este personaje de la mitología Griega fue condenado por Zeus a realizar el esfuerzo de subir todos los días una enorme roca hasta lo alto de una colina que, ni bien alcanzaba la cima, caía. Así, la acción se repetiría por toda su inmortalidad. Esta metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre que se perpetúa con el tiempo conduce a reflexionar en el sentido de la vida que se encuentra, no en el efímero instante en el que accede al punto más alto, sino en el camino. Sin pensar en Sísifo, el camino condujo a Rodrigo Mauregui, un profesor de letras platense, a Puerto Santa Cruz. Y sin saberlo, este mito también lo acercó a la comunidad Mapuche.

Después de recorrer aulas por distintas ciudades de la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma, llegó a la antigua capital de Santa Cruz hace cuatro años con la ilusión de cambiar de aire y realizarse como profesional. Ya instalado en el frío y ventoso sur argentino descubrió gente e historias que lo comenzaron a construir de otra manera. Pero sin dudas lo que más lo transformó fue conocer a la comunidad Mapuche.

“A medida que me fui acercando a la comunidad Mapuche fui descubriendo una esencia y un modo de ver la vida que no conocía y que me mejoró como persona”, cuenta Mauregui quien se acercó a ellos desde la conducción del programa radial Mateada literaria.

“Un día estábamos hablando sobre el mito de Sísifo que, en contraposición con el capitalismo, concluye que el sentido de la vida se va dando en el camino y no en los logros materiales. Al finalizar el programa se comunicaron desde la comunidad Lof Fem Mapu -“Comunidad semillas de la tierra”- porque me querían conocer”, relata.

El primer acercamiento lo sumó a la lucha por cambiar el nombre de la avenida Roca que es la calle principal del pueblo. Interminables trámites burocráticos de cambios de DNI, servicios y escrituras de viviendas truncaron la iniciativa, aunque existe también una innegable “ideología que impera en parte de la población en donde Roca no está mal visto”.

“Cuando empecé a conocer a los Mapuches se produjo en mí un gran estiramiento para descubrir todo lo que me estaba perdiendo con mis creencias. Descubrí que las creencias de uno son las que más te limitan. Entendí lo volátil y lo frágiles que son porque es tan válido creer en la naturaleza como en un Dios crucificado o en Zeus. Cada sociedad inventa sus dioses para construir un orden que lo calma. Los dioses son la respuesta de las preguntas inexplicables”, rescata el profesor platense.

Lo que sedujo a Mauregui de la comunidad Mapuche, entre otras cosas, es que sus creencias no tienen que ver con un Dios omnisciente que todo lo sabe sino que es una sociedad a la que le caben mayores responsabilidades: “El Mapuche cree en deidades relacionadas a la naturaleza y está convencido de que, si no mantiene un equilibrio, altera su propio orden. El Mapuche se piensa y se construye como responsable de todo. Me gustó más, no es que crea en esto. Me gustó permitirme entender que hay tantas creencias como personas y que todas son iguales de válidas o inválidas, no hay mejores o peores”.

Cuando se mete en la vida de ese pueblo originario se transforma y comienza su defensa de un pueblo que “está siendo sometido y oprimido desde hace centenares de años”. No encuentra respuesta ante las acusaciones mediáticas que se suceden y que se han acrecentado a partir de la desaparición de Santiago Maldonado, primer desaparecido del gobierno de Mauricio Macri.

“Los medios están pensados para que aplaudamos al verdugo”,  dice. El verdugo está representado en la figura del multimillonario italiano Carlo Benetton, dueño de miles de hectáreas en el sur argentino que ha encontrado en los Mapuches al enemigo más cómodo para expandir su poder. Así, se habla de grupos terroristas, de apoyo inglés y de la ETA y se abandonan las insistentes denuncias que en algún momento hiciera Elisa Carrió cuando anticipaba que venían por el agua. Que Benetton sea dueño de gran parte del Río Chubut le da la razón a la actual candidata de Cambiemos en la Ciudad de Buenos Aires, pero la campaña la debe mantener distraída.

Lo cierto es que la lucha, que es mucho más profunda, está representada por más de un centenar de mapuches “estables” -y más de setecientos “itinerantes”- que defienden un pequeño territorio de 12 hectáreas arrebatado por el multimillonario extranjero. No son los únicos y pelean para despertar el corazón de la Comunidad Mapuche-Tehuelche “ninguneado, pisoteado e invisibilizado” por el dinero de los poderosos.

“Es la única comunidad que resistió al intento de invasión incaico y a las Remington de (Julio Argentino) Roca y la Generación del 80. Hoy siguen resistiendo a multipoderosos como Carlo Benetton, dueño de más de 1.100.000 hectáreas en la Patagonia, de una enorme porción del Río Chubut y de gran parte de la cordillera de Los Andes”, cuenta Mauregui al tiempo que reflexiona: “Cómo no comprometerse con algo que nunca me contaron. Si Benetton quiere mudar Italia a la Patagonia le entran perfectamente 14 millones de habitantes. Puede tener una pequeña Italia en sus tierras”.

El profe de literatura, que dictó sus clases en varios colegios platenses, se compromete en cada palabra y explica que “los Mapuches no son ni argentinos ni chilenos porque son precedentes a la división y formación de estos países. Hace 20 mil años que habitan estas tierras. El idioma mapudungun tiene esa edad. Es un idioma que está a la altura del sanscrito y de las primeras lenguas hindúes. Ni el latín tiene la vida que tiene el mapudungun, y sigue vivo”.

Los Mapuches en Chubut viven en Cushamen que es una localidad que está detrás de la montaña. Hay también un pequeño territorio de 12 hectáreas, reconocido por las autoridades y que está delante de la cordillera, del que se apoderó Benetton cuando compró 900 mil hectáreas. Nadie reparó en los derechos que la comunidad tenía sobre estas tierras y comenzaron a ser lentamente expulsados hacia el otro lado de la montaña.

“Yo estuve en Cushamen donde la mayoría de la gente habla solamente mapudungun, no tienen documentos y casi ningún argentino ni chileno saben que en ese lugar perdido, adonde llegás por un camino de tierra de más de 7 kilómetros y hay una escuela y casitas hechas de adobe, no hay luz eléctrica ni asfalto, vive una comunidad originaria que come cabra casi todo el año”, indica Mauregui.

En este contexto de lucha, en 2011 nació la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM). Surge como respuesta a una negociación encabezada por el ex gobernador Martín Buzzi que definió la entrega de 110 mil hectáreas más a Benetton.

La RAM, relata Mauregui, “vino a despertar el corazón de los Mapuches. El principal objetivo no es levantarse contra alguien sino cambiar la mentalidad de la propia gente de la Comunidad aborigen. Ellos no son la ETA ni están en contra del Estado argentino o chileno como dijo (Jorge) Lanata, ellos están a favor de la nación Mapuche”.

“Esto implica: reconocimiento de su lengua, sus costumbres, sus creencias, y, especialmente, de sus muertos (muchos cementerios aborígenes en la Patagonia están detrás de las iglesias); pelean por la recuperación de restos, por tener una escuela propia que no los haga aprender ‘la historia contada por los vencedores’, por ser una cultura diferente dentro de la idea general, totalizadora y homogeneizante que esconde la palabra ‘nación’; además, claman para que se respeten los acuerdos firmados”, agrega.

En ese sentido, Mauregui insiste con que “la RAM quiere cambiar la mentalidad dentro de la comunidad Mapuche y pelea por sus derechos. No quieren conquistar Chubut ni tirar abajo al gobierno de Macri. Sí es verdad que la RAM persigue una idea de izquierda porque la comunidad, sin conocer el marxismo, llevaba a cabo ideas de izquierda como lo son la distribución en partes iguales de todo, la tierra que da vida y dela que nadie puede adueñarse –sería como ser dueño de un pedazo de cielo o de una constelación estelar-, la propiedad siempre es colectiva y el cooperativismo reina. Lo que también es cierto es que están dispuestos a dejar la vida por su lucha”.

Para cerrar, Mauregui sostiene que “resulta trascendente clarificar una cuestión: la lucha por la recuperación de territorio usurpado por la familia Benetton y los gobernantes de turno no sólo es una cuestión territorial sino que la motiva una base mucho más sólida: están en juego sus principios; afuera del alambrado, son peones, ayudantes de albañil, explotados de estancias, ‘indios indocumentados’… dentro, son parte de una comunidad en el sentido más cabal del término (etimológicamente, comunidad significa dejar todo por el bien común): tienen derechos, roles, obligaciones, comida por partes iguales, legados ancestrales y viven en una constante mancomunión con la naturaleza”.

“Tal es su respeto por la naturaleza que para tomar agua o arrancar una hoja elevan una oración pidiéndole permiso a la Madre Tierra para llevar a cabo tal acción. Por eso, no debiera llamar la atención lo que claman sus banderas y cánticos: ‘Marici wew’ (por cada uno que caiga) ‘nos levantaremos diez’. Sería interesante lograr adhesión por fuera de la Comunidad; en caso contrario, un nuevo atropello contra los pueblos originarios estará al caer”, advierte.

 

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