Volver… con “El Frente” marchito

Miércoles 02 Diciembre, 2020

Volver… con “El Frente” marchito

Domingo 25 de Octubre de 2020

El 17 de octubre último, en celebración del Día de la Lealtad, el pueblo ocupó avenidas y plazas de todo el país con largas caravanas de vehículos y también de militantes de a pie, expresando que acompaña al Gobierno pero que ese apoyo manifestado en la calle y con el cuerpo, lejos de ser acrítico encierra un profundo mensaje sobre las expectativas que tiene.

 

Por Carlos Caramello*

… porque ninguno
de los grupos que se incorporan al peronismo,
con buenas y otras veces peligrosas intenciones,
nos harán peligrar a nosotros”
Actualización Política y Doctrinaria para la Toma del Poder

“Yo aprendí de Juan Perón a ser frentista” sentencia, de tanto en vez, uno de mis mejores y más queridos amigos; y su razón tiene. Perón fue el único presidente en nuestra historia (y acaso en la del mundo) que ganó una elección sin Partido. Un hombre que construyó su poder antes de tener una representación partidaria… ¡contame de personalismos!

En las elecciones del 24 de febrero de 1946 (las últimas presidenciales en las que no hubo sufragio femenino) Juan Perón se impuso con casi el 53%, fruto de la suma de votos de tres partidos armados en poco tiempo y casi con el único objeto de ser una herramienta electoral: el Laborismo, la Unión Cívica Radical Junta Renovadora y el Partido Independiente.

El Laborismo fue creado inmediatamente después del 17 de octubre y, por supuesto, era la expresión de los deseos del Movimiento Obrero (acaso este hecho es el que define que sea la Columna Vertebral del Movimiento Peronista). La Unión Cívica Radical Junta Renovadora era un desprendimiento de la tradicional UCR que había adoptado una posición absolutamente antiperonista, integrando la Unión Democrática (junto con los partidos Socialista, Comunista y Demócrata Progresista). El Partido Independiente, de corte conservador popular, integraba, además, a algunos miembros de las fuerzas armadas.

Juan Atilio Bramuglia, arquitecto de aquella campaña electoral, fue el encargado de organizar lo que se dio a llamar Junta Nacional de Coordinación Política. Allí acordaron que los cargos eran: el 50% para el Laborismo y el otro 50% se repartía entre los otros dos partidos. Es de  hacer notar que, de este último porcentaje, surgieron algunos dirigentes como el vicepresidente Quijano y Héctor J. Cámpora, presidente de la Cámara de Diputados… Pero todos estos partidos se disolvieron en 1947 cuando se formó el Partido Justicialista, consolidando en una única herramienta partidaria su conducción política.
 
Con el Peronismo no Alcanza

A partir de ese momento, el Justicialismo siempre fue en un frente con otros partidos del espacio nacional y popular. Para las elecciones de 1951, luego del renunciamiento histórico de Eva, Perón le ofreció la vicepresidencia al dirigente radical cordobés Amadeo Sabattini, buscando esa alianza estratégica que consolidara las evidentes mejoras sociales de la primera presidencia, pero éste, luego de “conversarlo con el partido”, declinó el convite y la fórmula se volvió a construir con el correntino Juan Hortensio Quijano quien no llegó a asumir porque falleció en abril de 1952.

En 1973, con Perón proscripto, el justicialismo acudió a las urnas unido en el FREJULI (Frente Justicialista de Liberación). La fórmula fue Héctor Cámpora y un conservador popular, Vicente Solano Lima, quien había sido candidato a presidente por el Frente Nacional y Popular en 1963. Cuando éstos renunciaron porque “Cámpora al Gobierno, Perón al Poder”, otra vez el General fue a buscar un integrante radical para la fórmula; alguien que lo acompañara a pacificar esa Argentina en armas pero, claro, los radicales no suelen ser buenos compañeros: esta vez fue Ricardo Balbín quien rechazó la oferta.

Más tarde Carlos Menem, en 1989, llegó en un pacto no explicitado con sectores vernáculos de la derecha neoliberal que se imponía en un mundo globalizado y hasta el mismísimo Néstor Kirchner, luego de ganar en 2003 con un exiguo 22% de los votos, una vez en el gobierno salió a instalar un discurso de transversalidad y pluralidad que engordó rápidamente su poder político.

Sin el Peronismo no se Puede

De algunos momentos de las presidencias antes mencionadas nace aquello de que “los años más felices, siempre fueron peronistas”. El slogan, además de hacer pivot sobre uno de los pilares de la doctrina -la felicidad del Pueblo-, llama la atención sobre algo que Perón había advertido ya en el año 1947. “Yo tenía un perro que se llamaba León, y yo lo llamaba… León, León… y León venía, pero yo sabía que no era un león, era un perro. Lo mismo pasa con algunos que se llaman peronistas y yo los llamo y vienen, pero yo se que no son peronistas” explicaba el General. O sea, el rótulo de peronista de un gobierno no lo hace peronista. Un gobierno es peronista cuando el peronismo es el que conduce. Más allá de las alianzas que se puedan haber establecido. Y del reparto de cargos entre los aliados. Pasó en 1946, pasa hoy y va a seguir pasando porque el Movimiento siempre llega a las urnas a caballo de un frente. Y los frentes se reparten las responsabilidades de gobierno. Pero nunca la conducción.

En esa entrega radica el mayor fracaso del peronismo. Cuando el peronismo duda, o tambalea, o se ramifica en otros espacios para-partidarios, suele sobrevenir una suerte de desgarro interno que, a la postre, trae aparejadas situaciones caóticas.

Extendernos en la explicación de esos diferentes momentos históricos demandaría algo más que un artículo periodístico. Sólo haré mención a alguno en donde la conducción se disgregó: la muerte de Evita, que modifica la relación de Perón con un sector importante de los trabajadores; la muerte de Perón y el traspaso del poder a manos de López Rega y sus delirios facistoides y esotéricos; el doble comando que Menem instala en la política y la economía durante su gobierno hasta que, renunciado Cavallo, los jóvenes neoliberales menemistas se hacen cargo…

El de Alberto Fernández es un gobierno en el que el rumbo ideológico de la conducción no está claro aún. Y no precisamente porque Cristina Kirchner esté disputando nada. La ausencia de un Bramuglia que separara los tantos durante la campaña sumada a la personalidad articuladora y relacional del presidente, provoca vaivenes tales como el ir de una medida profundamente peronista como es declarar a la telefonía celular, los servicios de internet y a la televisión paga «servicios públicos esenciales«, a una distribución cuasi gorila de la torta publicitaria que parece destinada a engordar a los medios opositores o la pertinaz decisión de designar hombres y mujeres que provienen del macrismo en cargos de relevancia mientras peronistas capaces y probados, que resistieron durante los últimos 4 años (cuya acción fue decisiva para el triunfo de 2019) galguean pa´l pucherito. Cuestiones estas que provocan alguna zozobra en el núcleo duro de votantes del Frente de Todos, y debates públicos que hasta ahora parecían contenidos, pero comienzan a salirse de madre.

El sociólogo Artemio López advirtió, hace algunas semanas, que el 80% de los votos que llevaron a Alberto Fernández a la presidencia de la Nación provenían del peronismo. El 17 de octubre último, en celebración del Día de la Lealtad, el pueblo ocupó avenidas y plazas de todo el país con largas caravanas de vehículos y también de militantes de a pie, casi como respuesta a la postura inflexible del Gobierno de convocar a una “marcha virtual” (los errores semánticos de los genios de la informática son tan groseros que dan ternurita: nada puede haber de virtual en un movimiento político que cumple 75 años). Desafiante, como en el ´45, el peronismo volvió a desoír los deseos melifluos de una dirigencia casi siempre a mitad de camino, y ganó la calle.

De estos dos datos surge con alguna claridad que el pueblo peronista votó y acompaña al Gobierno pero que ese apoyo expresado en la calle y con el cuerpo, lejos de ser acrítico encierra un profundo mensaje sobre las expectativas que tiene. Y las elecciones de 2021 quedan acá nomás.

Notas periodísticas, evidentemente operadas desde los despachos más albertistas, deslizaron lecturas muy positivas sobre las manifestaciones callejeras del pasado sábado 17 y echaron un prudente manto de olvido sobre la defección de la App especialmente concebida para la ocasión… acaso para no molestar demasiado a los poderes que se molestan.

Es de esperar que, más allá de la acción de las usinas de chivos, en esos mismos despachos se esté discutiendo el mensaje subyacente a los bocinazos, los automóviles pintados con consignas tales como “Si me volteás la web me subo al auto” y “Clarín nos mostró a la Gente, acá está el Pueblo”, y los trabajadores manifestándose con distancia social.

Porque, parafraseando una vieja y un tanto melosa frase de poster para decorar habitaciones de quinceañeras, “el Pueblo peronista tiene razones que la razón de los burócratas casi nunca entiende”.

La columna fue editada por La Tecl@ Eñe