Descolonizar: la madre de todas las batallas

Miércoles 28 Julio, 2021

Descolonizar: la madre de todas las batallas

Martes 19 de Enero de 2021

La reacción de Axel Kiciloff frente a la nota publicada recientemente por el periodista Pablo Sirvén en el periódico “mitrista” (nada es casualidad), pone en debate una vez más, la cuestión de la centralidad “porteña” (término que admitimos por mera convencionalidad) que ya había sido motivo de tensiones en el debate presupuestario para el corriente año.

 

Por Luis Federico Arias (*)

No es ocioso recordar de vez en cuando que el centralismo de la Ciudad de Buenos Aires, es la réplica vernácula del eurocentrismo o la hegemonía anglosajona encarnada en las élites porteñas, como rasgos distintivos de nuestra colonialidad.

Sin embargo, ese dominio territorial, de profundas raíces históricas y culturales, no constituye una mera cuestión geográfica, sino que ha servido para legitimar la desigualdad económica y social de los sectores relegados o marginados.

En todo caso, es una cartografía social, étnica, económica y distributiva.

Es un hecho conocido que nuestra Constitución Nacional promovió la inmigración europea, desdeñando a los pueblos y naciones que habitaron ancestralmente el territorio del Estado –incluso a los propios mestizos criollos-, convirtiéndolos en extranjeros dentro de su propia tierra.

Se estableció así, la primera demarcación cartográfica que permitió extender, legitimar y legalizar, con rango constitucional, la colonización europea que había comenzado, con lo que ellos mismos denominaron el “descubrimiento” de América.

Los criollos descendientes de aquellos “colonizadores” reafirmaron esa condición identitaria, asumiendo la misma perspectiva etno/eurocentrista, frente a los habitantes de América a quienes consideraron como una raza inferior, portadora de una cultura imperfecta que debía suprimida y suplantada por otros valores superiores identificados con la civilización europea que quedaron plasmados en nuestra Constitución.

Fueron esas representaciones sociales y culturales las que inspiraron sin duda alguna, el pensamiento de Alberdi plasmado en las siguientes líneas:

“¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos?

Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémoslas aquí.

¿Queremos que los hábitos de orden, de disciplina y de industria prevalezcan en nuestra América?

Llenémosla de gente que posea hondamente esos hábitos.

Ellos son comunicativos; al lado del industrial europeo pronto se forma el industrial americano.

La planta de la civilización no se propaga de semilla.

Es como la viña, prende de gajo.”

Incluso, alguno de los miembros del Congreso General Constituyente de 1853, propiciaron directamente el exterminio de los pueblos indígenas, conforme surge de las declaraciones del convencional Seguí plasmadas en el Acta del Debate.

Es por ello que la segregación interior, tan cruel como violenta, fue muy diferente al trato preferencial conferido a los europeos que llegaron a nuestras tierras procurando una mejor vida, al influjo de las ideas europeístas pregonadas por la generación del 37 que inspiró el art. 25 de nuestra C.N., cuyo texto impuso al Gobierno Federal la obligación de fomentar la “inmigración europea”.

Así, la suerte de los inmigrantes de los pueblos no europeos que llegaron a la Argentina desde el mismo hemisferio sur, no ha sido muy diferente –en términos generales- a la situación social de la mayoría de otros grupos vulnerables, delimitados por un conjunto de fronteras sociales, ligadas a la pobreza, la segregación social, racial y urbanística.

Tampoco difiere demasiado la situación de los grupos humanos que se desplazaron desde el norte argentino hacia las grandes metrópolis, respecto de la inmigración boliviana, paraguaya o senegalesa que también salieron de sus tierras para buscar mejores condiciones de vida en nuestro país.

La mayoría de ellos, terminan compartiendo idénticas penurias, en el mismo lado de la línea divisoria.

En ocasiones, esos límites interiores, no son meros trazos imaginarios, sino que se yerguen como verdaderas fronteras.

Tal es el caso del muro construido en el límite entre los Municipios de San Isidro y San Fernando en 2009, erigido con la finalidad segregar a los vecinos de esta última comuna; o los countries y barrios cerrados construidos para generar espacios exclusivos de convivencia, alejados de quienes se considera indeseables.

El sesgo racial en la conformación de la sociedad americana, según lo antes expuesto, adquiere entonces, inmensa relevancia para la delimitación de esas fronteras interiores que, en nuestras tierras, suelen estar mejor trazadas que los límites externos de nuestra Nación.

Desde esta perspectiva, no resulta extraño que el centralismo eurocéntrico de los “porteños”, representado en este caso por el periodista en cuestión, vincule a la Provincia de Buenos Aires con el continente africano, replicando el mismo sentimiento segregacionista de los países del norte respecto de las pieles pigmentadas que habitan al sur del Mediterráneo.

No es una expresión inocente, sobre todo teniendo en cuenta las tremendas y temibles consecuencias que acarrea esa afirmación, a tenor de los hechos suscitados en el mal denominado “viejo continente” frente a la inmigración africana.

Porque fueron esos mismos europeos colonizadores quienes codificaron como “color” los rasgos fenotípicos de los colonizados.

Los dominantes se llamaron a sí mismos “blancos”.

Porque la idea de raza fue, como vimos anteriormente, la línea demarcatoria fundante de la juridicidad que terminó legitimando las relaciones de dominación impuesta por la “conquista”.

La expansión de colonialismo europeo en el mundo, llevó a la elaboración de la perspectiva eurocéntrica de conocimiento.

Se elaboró teóricamente la justificación de la idea de raza como naturalización, basada en la superioridad/inferioridad entre dominados y dominantes, siendo esto un instrumento perdurable y eficaz de dominación social.

Esa misma cultura euro/etno/centrista, es la que ofrece resistencia a las migraciones no europeas que llegan en oleadas a ese continente.

Y es esa misma frontera racial y social la que impulsa a los americanos descendientes de europeos, a expulsar a los inmigrantes latinoamericanos de ciertos países que integran su propio continente.

Esa diferenciación racial ha sido determinante en la configuración de la desigualdad y la pobreza del continente, en tanto ha servido para justificar de la apropiación sangrienta e ilegal de los recursos naturales y el despojo de los territorios indígenas por parte de los conquistadores europeos y sus descendientes que desplazaron a los pueblos indoamericanos de sus posesiones.

En efecto, poco tiempo después de la conquista el monarca europeo convirtió en «bienes realengos» la tierra indígena del norte argentino, confiriendo al rey la potestad de otorgarla en señorío, por merced o venta a un noble o eclesiástico.

El resto de las tierras fueron objeto de usucapión, o directamente usurpadas por los mismos españoles, mientras que otras, una vez perpetrado el despojo por parte del Estado argentino, fueron entregadas a través de la confirmación de títulos precarios, que en su mayoría remiten al período colonial. En la zona sur del país, la “Ley Avellaneda” (Ley 817 de 1876) la “Ley de Liquidación” de 1891, la “Ley de Remate Público” de 1882 y la denominada “Ley de Premios Militares”, permitió distribuir más de treinta tres millones de hectáreas de los Territorios Nacionales, que habían pertenecido a los pueblos indígenas de la Argentina.

La línea demarcatoria para la distribución de la tierra, obedeció cuestiones meramente étnicas, confiriendo a los europeos de raza blanca (españoles al norte y británicos al sur) la tierra ocupada ancestralmente por los indígenas locales.

Esas líneas no fueron ficticias, pues constituían verdaderas fronteras internas.

Basta recordar sino, la conocida “Zanja de Alsina” que, en Julio de 1877, con más tres metros de profundidad, alcanzó una extensión de 374 kilómetros (aunque estuvo ideada para más de 600), construida para proteger a “la civilización” del avance indígena que pretendía recuperar sus dominios.

En el sur, el etnocidio no se produjo solamente a consecuencia de la conquista del desierto, sino por acción de los buscadores de oro y estancieros de la Patagonia, con la anuencia del Estado argentino.

De modo que la cuestión medular en la disparidad jurídico-constitucional de las migraciones, fue sin duda alguna el fenómeno racial que también incidió en la distribución de los recursos económicos asignados al “blanco” europeo, a costa de sangre y fuego contra los pueblos amerindios sometidos o exterminados.

Sin embargo, la estigmatización fenotípica, así como los conflictos etno-territoriales siguen provocando migraciones y desplazamientos en la actualidad, a partir las actividades extractivas, como la minería, la producción gasífero-petrolera, la explotación forestal, la expansión de las fronteras agrícolas o la explotación turística, convirtiendo a América Latina en la región más desigual del mundo en cuanto a la distribución de la tierra.

En las periferias urbanas, esos desplazamientos forzosos se verifican en forma de desalojos masivos de asentamientos precarios, producidos en gran parte por la presión inmobiliaria; situación que he tenido la oportunidad de verificar en múltiples intervenciones judiciales.

Según el informe de OXFAN, una de cada tres hectáreas que se entregan en concesión para la explotación minera, petrolera, agroindustrial y forestal en América Latina pertenece a pueblos indígenas, cuyo derecho a decidir sobre sus territorios apenas existe en el papel, pues en la práctica la inmensa mayoría de las inversiones son impuestas a las poblaciones afectadas.

En la Argentina, el 84% de las concesiones para cultivar soja se hicieron en territorios indígenas, persiguiendo y criminalizando a las comunidades indígenas y campesinas que defienden la tierra y los recursos naturales.

Es que, muchos de los prejuicios, valoraciones y representaciones sociales de los siglos precedentes aún perduran y emergen en el texto de la actual legislación argentina, como sucede con del Decreto 820/2016 (inexplicablemente vigente), que modificara la Ley 26.737 de Tierras Rurales, permitiendo una enorme concentración de tierras a manos de “inversores” extranjeros; o con el Decreto 70/2017 que modificó La Ley 25.871, cuya inconstitucionalidad fue declarada el 22/03/2018 por la Sala V de la Cámara Contencioso Administrativo Federal por el carácter discriminatorio de la medida.

En la puja por la distribución/apropiación de los recursos, la línea divisoria sigue vinculada los rasgos fenotípicos indoamericanos presentes en la mayoría de los habitantes de la Argentina y de Latinoamérica.

Aunque en el Censo Nacional de 2010, sólo el 2,38% de la población se reconoció como perteneciente a alguna comunidad originaria, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Buenos Aires, reveló que el 56% de la población argentina tiene antepasados indígenas, cuyos rasgos fenotípicos nos identifica y define como “no blancos”.

Actualmente, las consecuencias del estigma de ser indeseable y pobre en el propio suelo o en tierras lejanas, suelen ser negativas en todo sentido:

La segregación social que exacerba la estigmatización y actitudes sociófugas de evitamiento, alimentando los procesos de fisión social, así como la violencia interpersonal, gestada a partir de aquellas otras violencias simbólicas, estructurales y sistémicas de una comunidad que, paradójicamente se universaliza al influjo de la globalización, aunque se encuentra sumamente fragmentada hacia el interior de sus fronteras.

La segregación urbana que confina a quienes se considera “indeseables”, a vivir en territorios aislados y claramente delimitados, percibidos, desde afuera y desde adentro, como lugares de perdición, que solo frecuentarían los desviados y los desechos de la sociedad.

Esos espacios territoriales, son reconocidos como infiernos urbanos en los que el peligro, el vicio y el desorden están a la orden del día.

Incluso, en algunas ocasiones se les atribuyen los males y peligros que afligen a la ciudad dualizada.

Los efectos de la estigmatización territorial se hacen sentir también a nivel de las políticas públicas.

Desde que un lugar es públicamente delimitado cartográficamente como una «zona de no derecho» y fuera de la norma, resulta fácil para las autoridades justificar medidas excepcionales, colocando a los barrios marginados bajo el control y la presión de las fuerzas de seguridad que, en ocasiones y por esa misma razón, terminan siendo principales aliados de las autoridades políticas.

Es difícil vislumbrar un mundo sin fronteras físicas y sociales.

Sin embargo, sí es posible desarrollar, como punto de partida, una conciencia nos permita enlazar vínculos con el “otro” en un plano de auténtica igualdad, a partir de una actitud espiritual de alteridad, que permita comprender y abarcar lo diverso.

Desde ese punto de partida, es necesario recomponer nuestra identidad reconociendo que somos parte de un pueblo con una historia mucho más extensa y rica que el reciente proceso de dominación imperial, donde la América mestiza, al igual que otros pueblos del sur –incluido el continente africano- tiene mucho que ofrecer al mundo, más allá de sus riquezas naturales.

Por eso, la decolonización económica, social y cultural, parafraseando al periodista en cuestión, es “la madre de todas las batallas”.