El traspaso de los pañuelos blancos

Por: Pilar Paini | Jueves 11 de Mayo de 2017

Cada vez que voy a una marcha de la memoria vuelvo medio nostálgica. Me pasa desde que soy chica. Supongo que tendrá que ver con los 30 mil; con ir a la plaza y ver sus caras en las banderas, con humanizarlos, con imaginar el mundo que soñaron.

Pero hay más, hay otro factor nostálgico. Es que las Abuelas, aunque sean por afano las tipas con más valor y entereza que haya tenido el privilegio de ver y escuchar en toda mi vida, no dejan de ser eso, Abuelas. Y la voracidad del calendario siempre me inquietó. Una vez escuché que alguien que compartía mi preocupación se preguntó en voz alta cómo sería el mundo el día que ellas no estén. Díficil imaginarlo, ¿no?. Mi diagnóstico, entonces, está claro: sufro de una suerte de nostalgia anticipada por el día que nos falten. La posibilidad de esa orfandad me asusta. 

Ayer, en Plaza de Mayo, pensé en eso. Las vi subir al escenario con sus arrugas y sus bastones, algunas en sillas de ruedas, y mi miedo se materializó. No por mucho tiempo, claro. Cinco minutos después, empezaron a hablar y me caí de culo. Me olvidé de la edad, de los años y de todo, incluso del temor. ¿Cómo darme el lujo de tener miedo cuando ellas, en la época del terror, se pusieron los pañuelos y salieron a la calles? y, más aún, ¿cómo estar asustada cuando, décadas después, se enfrentan con firmeza y dignidad a la infamia de que los asesinos que les robaron a sus hijos y nietos puedan quedar en libertad?.

El año pasado escuché que Estela dijo que las Abuelas no usan bastón porque sean viejas, sino porque no se arrodillan ante nadie, jamás. Y tiene razón. Sufrieron el peor dolor, las peores aberraciones. Sus hijas parieron encadenadas; sus hijos fueron arrojados vivos al Río; muchos de sus nietos vivieron años con una identidad falseada en la casa de los asesinos de sus padres y madres. No es una joda. Hay que tener mucho coraje para estar de pie ante una situación así. Además de mucha generosidad y mucho amor. Generosidad, porque con su conciencia, despertaron miles. Y amor, porque entre las muchísimas cosas para admirar y destacar de la lucha de estas mujeres la principal es, sin dudas, que jamás se hicieron eco de aquello del "ojo por ojo". Lo único que pidieron -que piden, que pedimos- es justicia.

Hace un tiempo atrás, cuando se cumplieron 40 años del golpe de Estado, en una Plaza parecida a la de ayer en la que no cabía un alfiler, me abrigó una emoción tremenda. Había estado en muchas plazas pero esa era especial. En un determinado momento miré a una amiga y le dije "ellas nos trajeron hasta acá". Los miles que estábamos ahí le debíamos todo a los pañuelos blancos. Ni el mundo, ni la historia del país como la conocemos, hubiesen sido lo mismo sin esas mujeres. Y de nuevo, la preocupación, la pregunta y ahora una duda más: ¿cómo será la lucha cuando no estén? ¿seremos capaces de seguir adelante sin ellas?.

Anoche, mientras volvía a mi casa después de largas y bellas horas en la Plaza, encontré la respuesta y, por fin, sentí tranquilidad: no hay, no habrá jamás un mundo sin Abuelas. Yo estaba equivocada. Y lo deja en evidencia la presencia contundente de miles y miles de almas en la jornada histórica de ayer:  esa generación de hijos, nietos y bisnietos que parió la lucha y que está dispuesta a colmar cuantas plazas hagan falta hasta que el último asesino sea juzgado y hasta que el último nieto apropiado conozca su identidad.

Anoche, el acto metafórico del traspaso de los pañuelos superó su carga simbólica y se materializó en nuestros cuerpos y nuestras manos, en el compromiso que asumimos, en esas telas blancas que llevaremos con orgullo cada día. Porque de la lucha amorosa de Madres y Abuelas hicimos también nuestra propia lucha, estamos dispuestos a gritar una y mil veces que Nunca Más queremos un genocida suelto.

Quizás haya por ahí tres tipos con toga que creen que estamos dormidos, que estamos dispuestos a caminar las mismas calles que los asesinos sin hacer nada. Pero se equivocan. Somos, gracias a las (anti)heroínas de pañuelos blancos, un pueblo más sabio y más consciente. Sabemos que la memoria no se negocia, no se mancha, no se decide en un tribunal, ni se borra por decreto. La memoria es irreversible.

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