El gobernador bonaerense se presentó en el Gatica sin protocolo ni discurso político. Habló de la música como parte de su vida y garantizó que la capilla ardiente seguirá abierta «hasta que todos puedan despedirse».
Axel Kicillof llegó al Polideportivo José María Gatica este domingo con una definición que no admite medias tintas: «Compungido. Así es como me siento. Soy un ricotero más. Lo soy desde muy joven». El gobernador bonaerense estuvo en Villa Domínico para ver de primera mano lo que ya es una de las despedidas más masivas de la historia reciente argentina y, de paso, para dejar un mensaje político claro: la Provincia no solo acompañó la organización del velatorio, sino que se puso al hombro el operativo desde el primer momento.
Sin protocolo ni tribuna
La aparición de Kicillof en el Gatica no fue la de un funcionario gestionando una crisis. Fue la de alguien que dice haber crecido escuchando a Los Redondos de Ricota y que no necesitó construir un relato para justificar su presencia.
«Son sentimientos encontrados de las despedidas. Una carrera, 77 años, que deja una huella inmensa e imborrable. Es parte de nuestro lenguaje, nuestro vocabulario, de nuestra sensibilidad», dijo ante los medios que lo rodearon a la salida del predio.
La descripción que hizo del clima adentro fue precisa y sin grandilocuencia: «La gente entra, llora, se desgarra pero básicamente agradece.
La palabra que más escuché es ‘gracias’ entre medio del llanto».
La Provincia, en el centro del operativo
Kicillof también fue explícito sobre el rol que cumplió el gobierno bonaerense en la organización: «Desde que el hecho ocurrió, las fuerzas de la Provincia de Buenos Aires estamos trabajando para posibilitar lo que se está observando hoy, que se viene desarrollando en calma y en paz».
El mensaje tiene destinatarios múltiples. Hacia adentro del peronismo, marca territorio en un momento en que la relación entre Kicillof y La Cámpora atraviesa una tensión de fondo —aunque la muerte del Indio Solari impuso, al menos por estas horas, una tregua implícita. Hacia afuera, pone al gobierno provincial como el actor que resolvió lo que la Casa Rosada no pudo: articular con la familia del músico y garantizar el homenaje popular.
El gobernador fue cauteloso con los tiempos: recomendó «paciencia» a quienes todavía esperaban en la cola —que al mediodía ya llegaba hasta Puente Alsina, superando las 40 cuadras— y subrayó que tanto la familia, la Provincia y el municipio de Avellaneda buscarán «garantizar que todos puedan despedirse».
La dimensión política de la presencia
El vínculo entre Kicillof y el universo ricotera no es nuevo ni construido para la ocasión. El gobernador ya había coordinado con Máximo Kirchner la logística del velatorio desde el viernes, cuando el hijo de Cristina fue a la casa del músico. Esa comunicación —que implicó al menos tres llamados entre ambos— es parte de la misma trama: el peronismo bonaerense, con sus tensiones internas, cerrando filas alrededor de una figura que el propio Indio había acompañado públicamente en los últimos años.
«Representó a muchas generaciones y lo logró más allá de lo que es como artista, por su posicionamiento y el acompañamiento permanente al pueblo», cerró Kicillof. Una frase que en boca del gobernador no es solo homenaje: es también lectura política.
La despedida del Indio Solari es también un test de la capacidad operativa y política de Kicillof de cara a 2027. La gestión del velatorio —sin fricciones, con el Gobierno nacional al margen— le da un activo concreto: haber sido el que resolvió. Eso no salda la interna peronista, pero suma puntos en un tablero donde cada movimiento empieza a tener peso electoral.


