El Gobierno celebró la inflación de agosto —1,7%, la más baja en 14 meses— como la confirmación de que el plan económico funciona. Pero los datos que miden el consumo real, tanto a nivel nacional como en La Plata, muestran una fotografía muy distinta: los precios de los alimentos que más se compran suben por encima del promedio, la canasta de pobreza avanza más rápido que el IPC, y el consumidor argentino entró en lo que una consultora internacional bautizó como «modo derrotado».
Lo que dice el INDEC y lo que dice la góndola
El 1,7% de agosto que celebró el Gobierno es un promedio. Detrás de ese número, el propio relevamiento de FundPlata sobre la canasta alimentaria platense mostró que la cebolla subió 19,4% en un solo mes, la naranja 14,5% y la manzana 11,2%. El promedio general de la canasta platense fue del 0,9%, el mismo ritmo que en julio, pero la composición de ese 0,9% esconde subas de dos dígitos en productos de compra cotidiana.
El patrón se repite mes a mes: en julio había sido la papa negra la que lideró con 33,5%. En agosto le tocó a la cebolla. El promedio se mantiene relativamente estable porque otros productos —como la carnicería, que bajó 0,3%— compensan esas subas. Pero eso significa, en términos concretos, que quien compra fruta y verdura en La Plata paga bastante más de lo que el índice general sugiere.
La canasta de pobreza corre más rápido que la inflación
El contraste más elocuente lo aporta un dato que el propio Gobierno no puede maquillar: mientras el IPC de agosto fue del 1,7%, la Canasta Básica Total —la que determina quién es pobre y quién no— subió 2,6% en el mismo mes. Una familia tipo ya necesita $1,6 millones mensuales para no caer bajo la línea de pobreza.
Es decir: el costo de no ser pobre aumenta más rápido que el índice de precios que el Gobierno usa para medir el éxito de su programa. Esa brecha no es un detalle metodológico. Es la diferencia entre el número que se anuncia en cadena nacional y el número que determina si una familia argentina puede pagar lo esencial.
El «consumidor derrotado»: lo que mide NielsenIQ
Mientras el Gobierno habla de un «consumo privado» que crece —una categoría de las cuentas nacionales que incluye desde el alquiler hasta la factura de luz—, el consumo masivo real, el de la góndola y el changuito, está estancado en 0% en lo que va del año, según la consultora NielsenIQ.
El economista Antonio Aracre, cercano al oficialismo, lo resumió con una frase reveladora: «Esa batalla cultural todavía no se ganó». La explicación técnica es sencilla pero incómoda: cuando una familia gasta más en luz o gas porque antes no pagaba el costo real de esos servicios, ese gasto entra en las cuentas nacionales como «consumo que crece». Para la familia, sin embargo, no se siente como consumo: se siente como un impuesto nuevo.
El CEO regional de NielsenIQ para el Cono Sur, Arthur de Oliveira, fue todavía más directo sobre el fenómeno que empieza a dominar la conducta de compra: «La búsqueda de valor domina la decisión de compra. Crecen los formatos chicos, las marcas accesibles y el peso de las promociones». El 54% de las categorías de consumo ya migró hacia formatos de menor desembolso, y el 34% de la facturación en supermercados se hace con promociones. La consultora define a ese perfil de comprador con un nombre que no necesita explicación: «consumidor derrotado».
Ocho millones de operaciones menos en los supermercados
El dato más contundente de todo el relevamiento de NielsenIQ es este: en los supermercados de cadena se registraron 8 millones menos de transacciones que un año antes. No es que la gente compre menos cantidad por vez —eso también ocurre— sino que directamente hay millones de viajes al supermercado que dejaron de producirse.
En paralelo, más del 80% de las categorías de consumo masivo ajustó sus precios por debajo del IPC. Es decir: ni siquiera las empresas están pudiendo trasladar toda la inflación de costos a sus precios de venta, porque saben que el consumidor ya no tiene margen para absorberlo.
Hasta Bullrich lo reconoce
La brecha entre el discurso oficial y la percepción social ya no es un señalamiento exclusivo de la oposición. La senadora Patricia Bullrich, jefa del bloque libertario en el Senado, planteó públicamente su preocupación por «que esa velocidad esté al ritmo de lo que cada argentino necesita, para que el año que viene sienta que el esfuerzo que hizo tuvo un sentido».
Bullrich no cuestiona el rumbo económico del Gobierno. Pero al reclamar «más velocidad en los resultados para que el cambio se sienta en la vida cotidiana», confirma desde adentro del propio oficialismo lo que los datos de consumo ya mostraban: hay una distancia entre lo que el INDEC certifica y lo que la gente experimenta cada vez que hace las compras.
Lo que esto significa para La Plata
Para los platenses, esta brecha no es una discusión estadística abstracta. Es la diferencia entre escuchar que la inflación bajó y ver que la cebolla que compraron el mes pasado hoy cuesta un 19% más. Es la certeza de que, aunque el número grande del IPC se desacelera, el número chico —el que determina si esta semana entra el asado o no— sigue moviéndose por su cuenta.
La consultora NielsenIQ proyecta que la recuperación del consumo masivo seguirá siendo «muy lenta» durante el resto del año, y anticipa un panorama similar para 2027. Mientras tanto, el «comprador derrotado» seguirá recorriendo la góndola buscando el formato más chico, la marca más barata y la promoción que le permita, con lo poco que le queda, completar el changuito.
Esta brecha entre el dato agregado y la experiencia cotidiana no es exclusiva de la Argentina de 2026, pero pocas veces fue tan medible como ahora: hay un índice que baja, una canasta de pobreza que sube más rápido, un consumo que se estanca en cero, y millones de transacciones que simplemente dejaron de ocurrir. La discusión sobre si la economía mejora ya no depende de qué número se elige mirar, sino de qué número decide creerle cada argentino a la hora de pagar en la caja.


