El costo de la canasta básica volvió a tensar el bolsillo de los hogares y dejó un mapa claro de qué productos lideraron las subas en los últimos doce meses. Con la inflación todavía como telón de fondo, los aumentos se concentraron en alimentos de consumo cotidiano y pegaron con más fuerza en familias de ingresos medios y bajos, un fenómeno que también se siente con nitidez en La Plata.
De acuerdo con los relevamientos oficiales y privados que siguen la evolución de precios —entre ellos los del INDEC—, los mayores incrementos se dieron en carnes, lácteos, aceites, harinas y verduras, rubros clave de la mesa diaria. En muchos casos, las subas interanuales superaron holgadamente el promedio general y se tradujeron en cambios de hábitos de consumo.
Las carnes encabezaron el ranking, impulsadas por aumentos sostenidos a lo largo del año y ajustes puntuales que elevaron cortes populares a valores difíciles de afrontar. Los lácteos —leche, queso y yogur— también mostraron alzas pronunciadas, empujadas por costos de producción y logística. En paralelo, aceites y harinas registraron incrementos que impactan de lleno en la cocina diaria, mientras que frutas y verduras tuvieron picos estacionales con subas marcadas.
Hoy, los precios actuales reflejan ese recorrido: artículos básicos cuestan sensiblemente más que hace un año y obligan a recalcular el gasto mensual. En la práctica, muchos hogares optan por segundas marcas, reducen cantidades o directamente resignan consumos. En barrios platenses, comerciantes y consumidores coinciden en que la rotación se volvió más lenta y la comparación de precios es constante.
El escenario combina varios factores: costos dolarizados en algunos insumos, ajustes tarifarios, salarios que corren detrás y una demanda más cauta. Aunque hubo meses de desaceleración, el acumulado anual dejó una huella difícil de revertir en el corto plazo. Para La Plata, ciudad con fuerte presencia de trabajadores estatales y estudiantes, el impacto se amplifica.Con la canasta básica como termómetro social, los datos vuelven a poner el foco en el poder adquisitivo y en la necesidad de políticas que contengan precios y acompañen ingresos. Mientras tanto, el consumo se adapta y el presupuesto familiar sigue bajo presión.


