A cincuenta años del Golpe Cívico Militar, la historia de Carlos Luis Molteni vuelve a resonar como un faro de dignidad. Juez federal de La Plata, destituido y encarcelado por negarse a convalidar la maquinaria del terror, su vida es testimonio de resistencia en medio de la noche más oscura.
Por Rubén D. Bárcena (*)
Un recorte periodístico me asomó a la historia del Juez Molteni. El de un diario del interior que titulaba: “No es delito matar a un peronista, dicen ahora”. La frase, brutal y descarnada, parecía escrita con la tinta de la impunidad. Ese título me pareció una confirmación que sólo pudo escribirse si la Justicia hubiese avalado semejante salvajada.
Sí, ya sé, es un error tomar una parte por el todo. Ahí es cuando alguien me marcó que no todos los jueces fueron así.
“Juja”, mi amiga Julieta, me habló de su abuelo, Carlos Luis Molteni. Un juez que se negó a ser cómplice, que les dijo no a los verdugos cuando el silencio era la moneda corriente.
El juez que no se rindió
Molteni fue juez federal en La Plata. Entre 1974 y 1976, se enfrentó a pedidos oscuros: que no oficializara detenciones, que callara secuestros, que mirara hacia otro lado. Por ejemplo, Juan Miguel Wolk, comisario de Banfield, le pidió que no registrara a unos detenidos porque “los iban a fusilar a todos”. Molteni se negó. “Se negó a silenciar los secuestros”, declaró el ex detenido desaparecido Jorge Adalberto Nadal en el Juicio Brigadas.
Esos gesto de dignidad tuvieron un precio: marcado, el 25 de marzo de 1976 fue secuestrado, destituido por decreto el 9 de abril y sometido a simulacros de fusilamiento y torturas. Pasó años a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, hasta que la presión de abogados y defensores de derechos humanos logró que pudiera exiliarse en Bolivia. Recién el 8 de septiembre de 1983, con la democracia en ciernes, pudo regresar.
Decir no, decir sí
Molteni fue el juez que dijo no a los asesinos, no a los funcionarios judiciales que se lavaban las manos, no a la hipocresía de quienes preferían callar. Pero en ese no había un sí: un sí al derecho, sí a la vida, sí a la libertad, sí a la dignidad humana. En medio de la noche oscura que cubrió al país, su negativa fue un acto de afirmación.
La historia de Molteni no es sólo la de un hombre, sino la de un país que aprendió que resistir también puede ser un verbo judicial. Su nombre se inscribe en la memoria como símbolo de lo que significa ejercer la justicia en tiempos de injusticia.
Porque decir no, en aquel entonces, era decir sí. Sí a la esperanza, sí a la verdad, sí a la vida que los verdugos intentaron arrancar.
Este breve relato busca que la memoria no se oxide. Que el gesto de Molteni siga siendo recordado como un faro en la tormenta, que le sirva a Santi: saber que su bisabuelo fue un hombre digno, que se negó a ser cómplice y que, al decir no, nos enseñó a qué decir que sí.
(*) editor en InfoPlatense





