Lunes 30 de marzo de 2026
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Combustibles en niveles récord: quién gana, quién pierde y por qué el impacto va más allá del surtidor

El precio de la nafta ya superó los $2.000 por litro y volvió a meterse de lleno en la agenda económica. No solo por el impacto inmediato en el bolsillo, sino porque se transformó en una variable que atraviesa toda la estructura de precios, la recaudación del Estado y el esquema productivo.

Detrás del valor que aparece en el surtidor hay una discusión más profunda: quién captura la renta del sistema energético y quién termina absorbiendo los costos.

Un precio atado al mundo, con costos locales

En Argentina, el combustible se paga a valores internacionales. Esto implica que el precio del barril —hoy impulsado por la escalada en Medio Oriente— se traslada casi de forma directa al mercado interno.

El Brent pasó de menos de 70 dólares a superar los 100, con picos que siguen generando incertidumbre. La tensión global, marcada por el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán y el bloqueo en el Estrecho de Ormuz, condiciona la oferta y presiona los precios.

En ese esquema, las empresas del sector venden a valor internacional, pero mantienen gran parte de sus costos en pesos. El resultado es una captura de rentabilidad en dólares en un contexto doméstico debilitado.

El peso de los impuestos: la otra mitad del precio

Más allá del valor del crudo, hay otro componente clave: la carga impositiva. Actualmente, alrededor del 41,5% del precio final del combustible corresponde a impuestos.

Esto implica que una parte significativa de lo que paga el usuario no está vinculada a la producción ni a la logística, sino a la recaudación fiscal.

El Impuesto a los Combustibles Líquidos y el tributo al carbono explican buena parte de ese porcentaje. Además, son recursos que en los últimos meses crecieron por encima de otros ingresos, en un contexto de caída de la recaudación general.

Ahí aparece uno de los principales dilemas del Gobierno: sostener el superávit fiscal o aliviar el impacto en los precios. Congelar o postergar impuestos podría dar aire a la inflación, pero pondría en riesgo una de las anclas del programa económico.

Impacto directo: inflación y pérdida de poder adquisitivo

El traslado a precios es inmediato. Cada aumento del 10% en combustibles suma entre 0,38 y 0,4 puntos porcentuales a la inflación mensual.

Pero el efecto más profundo es indirecto. En un país donde la logística depende casi exclusivamente del transporte por camión, el precio del combustible impacta en toda la cadena: alimentos, materiales, insumos industriales.

En el último año, la nafta acumuló una suba del 63,6%, muy por encima de la inflación general. En lo que va de 2026, el aumento ya alcanza el 22%.

En términos concretos, llenar un tanque promedio pasó de unos $80.000 a más de $100.000 en pocos meses. Una señal clara de cómo el combustible dejó de ser solo un gasto más para convertirse en un factor determinante del costo de vida.

Comparaciones que abren interrogantes

Medido en dólares, el litro de nafta en Argentina ronda los 1,43. Está por debajo de Uruguay y Perú, pero por encima de Paraguay, un país sin producción petrolera relevante.

La comparación deja al descubierto tensiones en la estructura local: alta carga impositiva, costos logísticos y una política de precios que no desacopla el mercado interno del contexto internacional.

Geopolítica y decisiones que se pagan puertas adentro

El escenario global no es un dato aislado. Argentina atraviesa un proceso de alineamiento con Estados Unidos en medio de un conflicto internacional que impacta de lleno en la energía.

Las recientes señales —desde el respaldo a acuerdos con el FMI hasta los movimientos en torno a YPF— forman parte de un tablero donde las decisiones geopolíticas tienen consecuencias económicas concretas.

En ese marco, los costos de esos alineamientos suelen trasladarse al plano interno, especialmente en variables sensibles como el precio de la energía.

Un modelo que también se define a nivel local

El esquema energético argentino tiene además condicionantes propios. Las provincias, dueñas del subsuelo, negocian concesiones y dependen en gran parte de regalías vinculadas a la explotación de recursos.

Esto refuerza un modelo extractivo que prioriza petróleo, gas y minería como fuentes de ingreso, muchas veces con foco en la exportación.

Al mismo tiempo, la falta de confianza en reglas estables sigue siendo un problema estructural. Se estima que hay unos 700.000 millones de dólares de argentinos fuera del sistema local, un dato que refleja los límites para canalizar inversión interna.

Buenos Aires y La Plata: más costos, menos margen

En la provincia de Buenos Aires —y particularmente en el Gran La Plata— el impacto es más visible.

Se trata del principal núcleo productivo y logístico del país, altamente dependiente del costo del combustible. Cada aumento repercute de forma directa en la actividad económica local.

Sin embargo, la provincia recibe una porción de coparticipación menor a su peso económico y demográfico, lo que reduce su capacidad de amortiguar estos shocks.

Más que un problema de nafta

Con los combustibles en niveles récord, la discusión ya no se limita al precio en el surtidor.

El sistema actual combina precios internacionales, alta carga impositiva y una economía dependiente del transporte. El resultado es un traslado constante de costos hacia consumidores y sectores productivos.

En ese escenario, la pregunta central deja de ser cuánto cuesta el litro. Pasa a ser quién gana con este esquema, quién pierde y hasta qué punto es sostenible un modelo donde la energía empieza a comportarse como un bien de lujo.

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