Con la muerte de Solari se cierra un ciclo de pérdidas que dejó al país sin sus espejos más incómodos. No se trata de buscar reemplazos: se trata de entender qué tipo de época es capaz de producir figuras que convoquen a algo más grande que uno mismo.
Rubén D. Bárcena (*)
La pregunta apareció casi de inmediato, apenas se confirmó la muerte del Indio Solari. Primero en voz baja, entre mensajes de WhatsApp y posteos en redes. Después, más abiertamente, en las concentraciones espontáneas que se armaron en distintos puntos del país. En La Plata, mientras los ricoteros cantaban en 7 y 50 con la voz quebrada, alguien la formuló sin rodeos: ¿y ahora quién?
Es la misma pregunta que sobrevoló el velatorio de Maradona en Casa Rosada, en noviembre de 2020. La que muchos se hicieron en silencio cuando murió Néstor Kirchner en 2010, o cuando Spinetta se fue en 2012, o cuando Hebe de Bonafini cerró los ojos por última vez en 2022.
Una década larga de pérdidas. Y una orfandad que se acumula sin que nadie termine de procesarla.
La respuesta incómoda: no viene nadie a reemplazarlos
Conviene decirlo sin anestesia: no hay reemplazos para estas figuras. No porque el país haya dejado de producir talento, compromiso o creatividad. Sino porque cada uno de ellos fue hijo de una época específica, con sus heridas abiertas, sus urgencias colectivas y sus necesidades de sentido.
Kirchner emergió del 2001, cuando la política argentina era escombros y la sociedad buscaba desesperadamente algo a lo que aferrarse. Los Redondos de Ricota crecieron en la dictadura y explotaron en la posdictadura, cuando una generación necesitaba un lenguaje propio para procesar lo que había vivido. Maradona fue la encarnación del ascenso imposible en un país que prometía movilidad social y rara vez la cumplía. Hebe empezó a caminar la Plaza de Mayo porque no le quedaba otra alternativa que buscar a sus hijos.
Ninguno de ellos fue un producto. Fueron respuestas. Y las respuestas solo aparecen cuando hay preguntas urgentes.
La pregunta correcta no es quién, sino qué
Si la pregunta «¿quién viene después?» está mal formulada, la correcta es otra: ¿qué está doliendo ahora en la Argentina?
Porque así funcionó siempre. Las figuras que terminan siendo epocales no se anuncian como tales. No llegan con manual de instrucciones ni con consenso previo. Los Redondos no fueron masivos de entrada: tocaban para pocos, en lugares chicos, y la industria los ignoró durante años. Kirchner arrancó su campaña presidencial con el 22% de los votos y varios dirigentes propios que apostaban a que no llegaría a la segunda vuelta. Maradona era un pibe de Fiorito al que buena parte de la dirigencia del fútbol argentino resistía llevar al Mundial del 82.
Lo que hoy está doliendo en Argentina es múltiple y simultáneo: la fragmentación social, el descrédito de la política, la precariedad económica que se instaló como condición permanente, la sensación de que el futuro se achicó. Son dolores reales, profundos, y son exactamente el tipo de materia prima con la que se construyen las figuras que después se vuelven colectivas.
El problema del ruido
Lo que sí cambió, y de manera estructural, es el ecosistema en el que cualquier figura nueva tiene que crecer.
Las redes sociales producen celebridades instantáneas que duran un ciclo y desaparecen. El algoritmo premia la inmediatez y castiga la profundidad. Lo que no genera reacción en las primeras horas tiende a hundirse.
En ese contexto, resulta mucho más difícil —aunque no imposible— que algo genuino sedimente lentamente y se convierta en identidad colectiva.
Spinetta nunca hubiera sobrevivido al Twitter de hoy. Hebe hubiera sido cancelada tres veces antes del mediodía. Maradona habría generado más memes que análisis. Y el Indio, que ya en vida se negaba a dar entrevistas y desaparecía del espacio público por años, directamente no existiría en términos de visibilidad algorítmica.
El problema no es la falta de figuras. Es que el ambiente en el que deberían crecer las asfixia antes de que puedan desarrollarse.
Lo que viene no va a parecerse a lo que se fue
Si algo puede decirse con cierta certeza es que la próxima figura epocal de la Argentina —el músico, el dirigente, la activista, el pensador que dentro de veinte años ocupe el lugar que hoy ocupan estos nombres— no va a parecerse a ninguno de ellos.
Va a tener otro lenguaje, otro soporte, otra forma de llegar. Probablemente venga de un lugar que hoy nadie está mirando con atención. Y cuando irrumpa, habrá quienes digan que no es lo mismo, que antes era mejor, que ya no se hacen como los de antes.
Siempre fue así.
La clave, como siempre, está en saber escuchar antes de que se vuelva masivo. En La Plata, esta tarde, mientras sonaban los Redondos en 7 y 50 y la gente lloraba sin conocerse, había algo de eso también: la certeza colectiva, aunque nadie la dijera con estas palabras, de que lo que convoca a la gente a la calle en nombre de algo más grande que uno mismo no desaparece del todo.
Se transforma. Y vuelve.
(*) de la redacción de InfoPlatense


