El inicio de 2026 encuentra a la economía argentina atravesada por tensiones conocidas, pero con un esquema cambiario que suma un nuevo condimento. Desde el 2 de enero comenzó a regir el mecanismo que ajusta diariamente las bandas del dólar oficial en función de la inflación, una decisión que, lejos de calmar expectativas, volvió a poner presión sobre el tipo de cambio, las tasas y los precios.
Gracias a una fuerte intervención del Banco Central, el 2025 cerró con un dólar oficial minorista por debajo de los $1.500. Sin embargo, con la actualización atada al IPC, el techo de la banda cambiaria llegará a $1.564,30 al cierre de enero, tras una suba del 2,5% vinculada a la inflación de noviembre. Para fines de febrero, el límite máximo trepará otro 2,8% y rondará los $1.608, una referencia que el mercado ya empezó a incorporar en sus cálculos.
El esquema de bandas —implementado en abril del año pasado tras la salida del cepo— había fijado un piso de $1.000 y un techo de $1.400, con ajustes mensuales del 1%. La novedad es que ahora el mínimo y el máximo se mueven todos los días, replicando el último dato de inflación publicado por el INDEC dentro de cada mes. En los hechos, la inflación pasada se proyecta sobre el dólar futuro, un mensaje que en una economía bimonetaria suele leerse rápido… y trasladarse a precios aún más rápido.
Inflación que no afloja y un ancla que se corrió
Aunque el Gobierno celebró que la inflación de 2025 cerró en 31,5%, el dato fino muestra otra película: desde mayo, el IPC acumula ocho meses consecutivos de aceleración. Diciembre marcó un 2,8% mensual, por encima del 2,5% de noviembre, con fuertes subas en Transporte (4%) y Vivienda y servicios públicos (3,4%). Alimentos volvió a ser el rubro con mayor impacto en todas las regiones.
En ese contexto, la recalibración de las bandas cambiarias funciona como una señal de precios adelantada. Si el techo se corre, el mercado interpreta que el dólar relevante para la reposición será más alto. Energía, insumos importados, alquileres y logística —todos con costos dolarizados— empujan desde abajo y alimentan el conocido pass through que el propio Gobierno intentó minimizar durante meses.
Detrás del cambio hay una constante: la influencia del FMI. Primero fue la flotación entre bandas; luego, el ajuste automático por inflación. Dos modificaciones de fondo en poco más de un año, introducidas en un escenario de escasez de reservas y negociaciones por waivers. El resultado es un esquema con menos anclas nominales y mayor sensibilidad del dólar a la inflación.
Tasas al 50% y un mercado que desconfía
La tensión cambiaria se reflejó con crudeza en la última licitación de deuda en pesos. Para renovar vencimientos por casi $10 billones, el ministro de Economía, Luis Caputo, convalidó tasas que llegaron al 50% anual. El objetivo fue claro: evitar liberar pesos que pudieran irse al dólar. El costo también: tasas que duplican —y en algunos cálculos, quintuplican— la inflación proyectada por el propio Gobierno en el Presupuesto 2026.
La señal del mercado fue contundente. A pocas horas del rollover, Morgan Stanley advirtió sobre un rojo de USD 5.000 millones para afrontar vencimientos durante el año. En la City, algunos operadores estiman que el tipo de cambio que permitiría cerrar la balanza de pagos sin perder reservas ronda los $2.150. Muy lejos de las bandas actuales.
El problema no es solo financiero. Con tasas tan altas, el crédito se encarece y se enfría una de las pocas palancas que el modelo libertario tiene para empujar la actividad. El “superávit fiscal” alcanza para ordenar las cuentas, pero no parece suficiente para disipar la percepción de riesgo.
2026: entre el optimismo oficial y la cautela privada
El contraste se profundiza al mirar las proyecciones de inflación para este año. El Presupuesto 2026 —el primero aprobado durante la gestión de Javier Milei— prevé un IPC del 10,1% y un crecimiento del PBI del 5%. El consenso privado, en cambio, se mueve en otra liga.
Según el último relevamiento de FocusEconomics, que reúne a más de 40 consultoras y bancos, la inflación promedio esperada para 2026 es del 24%. El REM del Banco Central la ubica en 20,3%. Incluso las estimaciones más optimistas del mercado, como E2 Economía (17,2%), quedan muy por encima de la meta oficial.
La brecha no es menor y refleja la desconfianza sobre la consistencia del programa en un contexto de dólar con bandas móviles, exigencias del FMI para acumular reservas y una inflación que, por ahora, no logra una desaceleración sostenida.
Un escenario abierto
El desafío del Gobierno será doble: cumplir con sus ambiciosas metas de inflación sin ahogar la recuperación económica. Para ciudades como La Plata, donde el peso del transporte, los servicios y los alquileres pega de lleno en el bolsillo, la dinámica del dólar y las tarifas no es una discusión abstracta: impacta en el consumo diario y en la actividad local.
Con el dólar oficial apuntando a los $1.600, tasas en niveles que enfrían el crédito y un mercado que mira más los números que los discursos, el arranque de 2026 deja una certeza incómoda para el oficialismo: la inflación sigue siendo el termómetro que mide, sin maquillaje, la salud real del programa económico.


