El gobernador bonaerense avanza en una construcción política que deliberadamente esquiva la tutela de Cristina Kirchner. El pedido de «un nuevo Cámpora» desde el cristinismo no solo cayó en el vacío, sino que, según su entorno, le hizo un favor.
El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, tiene definida su hoja de ruta hacia las elecciones presidenciales de 2027 y hay algo que queda claro desde el arranque: La Cámpora no conduce ese trayecto. Mientras el cristinismo presiona para que el peronismo se ordene bajo la figura de Cristina Kirchner, el mandatario bonaerense construye autonomía a paso firme, tejiendo vínculos con actores que están muy lejos del universo K.
En las últimas semanas, Kicillof visitó Córdoba sin el acompañamiento de ningún referente local del espacio, se reunió con el empresario Eduardo Constantini en el MALBA de Escobar y compartió un panel en la Feria del Libro con el economista liberal Diego Giacomini. Gestos que, en otro contexto, podrían parecer inconexos, pero que en La Plata leen como parte de una estrategia deliberada: mostrar a un dirigente capaz de dialogar sin ceder identidad.
El «nuevo Cámpora» que nadie pidió (salvo La Cámpora)
La diputada Teresa García, una de las voces más encendidas del cristinismo, salió a pedir públicamente que el candidato del peronismo sea «un nuevo Cámpora», es decir, alguien que gobierne bajo la conducción de Cristina Kirchner. La declaración fue lapidaria en su torpeza política. En el entorno de Kicillof no tardaron en reconocer, en voz baja, que ese tipo de presiones les facilita el trabajo.
El planteo de García y otros referentes del cristinismo, entre ellos Sergio Berni, expone una lógica de poder que una parte importante del electorado ya rechazó en las urnas: la idea de que Cristina debe seguir siendo el eje organizador del peronismo, incluso desde la prisión. Kicillof no necesita desmarcarse con declaraciones. Le alcanza con no pedir permiso.
La estrategia es clara y no pasa por cambiar el discurso sino por construir un liderazgo propio. Después de fundar el Movimiento Derecho al Futuro, de no respaldar a Cristina para presidir el PJ y de impulsar el desdoblamiento electoral en 2025, el gobernador considera que buena parte del trabajo de diferenciación ya está hecho.
Ni moderado ni títere
Kicillof no va a buscar el voto de centro con gestos hacia los mercados ni con nombres de economistas que tranquilicen a los fondos de inversión. No hay un Rodríguez Larreta ni un Melconian en su horizonte de alianzas. Pero tampoco va a profundizar un discurso de confrontación que lo encierre en el nicho que ya lo acompaña.
La apuesta es más sutil: mostrar apertura sin sobreactuarla. Que su imagen de 46% de valoración positiva, ocho puntos por encima de Cristina Kirchner según una encuesta de la consultora cordobesa Delfos, se consolide no como el candidato del kirchnerismo sino como el de un peronismo más amplio, capaz de interpelar a sectores que en 2023 no quisieron saber nada con el Frente de Todos.
En ese marco, la visita a Córdoba tiene un peso político específico. Llegó a la provincia sin pedir el aval del peronismo local, pero con la venia de Martín Llaryora, gobernador que también atraviesa sus propias tensiones con Juan Schiaretti. La coincidencia de situaciones no fue pasada por alto en La Plata.
La interna que Le Cámpora no puede ganar con ese argumento
El escenario que imagina el entorno de Kicillof es el de una polarización entre él y Milei. En ese terreno, dicen, no hay mucho espacio para opciones de centro ni para fugas hacia la izquierda. Y si en el camino hay una PASO donde un candidato ungido por Cristina lo enfrenta, mejor todavía: sería la oportunidad para demostrar en las urnas que el peronismo puede ganar sin la conducción de la ex presidenta.
Lo que La Cámpora no parece terminar de entender es que sus propias declaraciones están acelerando ese proceso. Cada vez que un dirigente cristinista exige disciplina o invoca la figura de Cámpora como modelo de lealtad subordinada, le regala a Kicillof el contraste que necesita. El gobernador no tiene que decir que no es un operador: ellos lo están diciendo por él.


