En diálogo con Marca de Radio, el sociólogo Luis Alberto Quevedo analizó cómo el oficialismo construye y monopoliza la conversación pública en Argentina. Según su mirada, el gobierno de Javier Milei redefine las formas tradicionales de la comunicación política a través de un flujo constante de mensajes disruptivos que buscan instalar agenda y condicionar el debate social.
Quevedo sostiene que la estrategia comunicacional del gobierno se basa en la saturación: un “ruido permanente” que desplaza la discusión hacia los términos que instala el oficialismo. No se trata de un mensaje único ni lineal, sino de una multiplicidad de intervenciones que circulan en redes sociales, conferencias y declaraciones públicas. El efecto buscado es claro: dominar la conversación y obligar a la oposición y a los medios a reaccionar en ese terreno.
La circulación del mensaje oficial
El sociólogo explica que el mensaje oficial no se limita a los canales institucionales, sino que se expande a través de plataformas digitales y voceros informales. Esta dinámica genera un ecosistema comunicacional donde la frontera entre lo político y lo mediático se difumina. En ese marco, la estrategia de Milei se apoya en la viralidad y en la capacidad de instalar temas que, aunque polémicos, logran captar la atención masiva.
Redefinición de la comunicación política
Para Quevedo, la lógica comunicacional del actual gobierno rompe con las formas tradicionales de la política argentina. Ya no se trata de discursos programáticos ni de campañas ordenadas, sino de un flujo constante de mensajes que buscan impactar emocionalmente y condicionar la agenda pública. Esta redefinición, advierte, plantea un desafío para quienes intentan disputar el sentido común en un escenario dominado por la velocidad y la saturación informativa.
El Ruido como forma de gobernar
La entrevista con Quevedo deja en evidencia que la comunicación política en la Argentina atraviesa un cambio profundo. El “ruido permanente” no es solo una estrategia coyuntural, sino un modo de gobernar que coloca la disputa discursiva en el centro del poder. En tiempos de hiperconectividad, la batalla por la conversación pública se convierte en el terreno decisivo de la política contemporánea.


