La escena se repite cada vez con más frecuencia en La Plata: trabajadores formales, incluso con años de antigüedad en el Estado o en profesiones calificadas, suman horas al volante en aplicaciones como Uber, Didi o Cabify para completar el mes. La postal, lejos de ser excepcional, refleja un fenómeno que se consolida en la ciudad y expone el deterioro del poder adquisitivo.
Marcelo, 52 años, jefe de sección en el Servicio Penitenciario Bonaerense, resume la lógica que atraviesa a buena parte de la clase media local. Con casi dos décadas de antigüedad, su salario no supera el millón y medio de pesos. Cumple turnos de 14 horas tres veces por semana al frente de una unidad carcelaria, pero sus días francos están lejos de ser descanso: los dedica a manejar.
“Arriba del auto hago entre 6 horas por día. Puedo sacar unos $15.000 por hora, pero sin contar gastos. A fin de mes sumo entre $600.000 y $800.000 extra. Si no salgo a trabajar, no llego”, cuenta. La flexibilidad horaria es, para él, el principal atractivo: “Se adapta al sistema de turnos. Es eso o resignar cosas básicas”.
Una tendencia que se expande
El caso no es aislado. Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, el pluriempleo ya alcanza al 17,2% de los trabajadores, con picos recientes cercanos al 19%. En términos concretos: casi uno de cada cinco argentinos tiene más de un ingreso laboral.
En La Plata, ese número toma forma en historias concretas. Daniel, suboficial penitenciario con más de 20 años de servicio, combina su jornada de 7 a 14 dentro de una unidad con viajes nocturnos. “Hago entre 3 y 4 horas por día. Sin matarme, a veces igualo o supero mi sueldo principal”, señala. Su ingreso base ronda $1.200.000.
La ecuación es clara: salarios que no acompañan la inflación y una salida rápida —aunque inestable— en las plataformas digitales.
El miedo, incluso para quienes enfrentan el delito a diario
Hay un dato que atraviesa todos los testimonios: la inseguridad. Y no distingue uniformes.
“Estoy a cargo de una cárcel, pero manejando tengo miedo. A mí no me pasó nada grave, pero a compañeros sí los asaltaron”, admite Marcelo.
Daniel suma otra capa de tensión: “Antes de aceptar un viaje miro el perfil del pasajero, cuántos viajes tiene. A veces vas pensando cómo va a terminar”.
Miguel, policía en actividad, podría portar su arma reglamentaria. Sin embargo, elige no hacerlo: “Si te descubren, te exponés a que la usen en tu contra. Prefiero no correr ese riesgo”.
Docentes, estatales y emprendedores: el mapa se amplía
El fenómeno ya excede a las fuerzas de seguridad. También alcanza a docentes, empleados administrativos y pequeños empresarios golpeados por la caída del consumo.
Carolina, 38 años, docente de nivel secundario en escuelas públicas de la región, da clases en dos instituciones. Aun así, no logra cubrir sus gastos mensuales. “Arranqué con la app el año pasado. Manejo los fines de semana y algunas tardes. Es cansador, pero me permite pagar el alquiler sin atrasarme”, explica.
Julián, empleado administrativo en un organismo provincial, describe una situación similar: “El sueldo se me licúa a mitad de mes. Manejo 2 o 3 horas por día. Es eso o endeudarte”.
El caso de los emprendedores refleja otro costado de la crisis. Andrés, 45 años, tenía un pequeño taller textil en la periferia platense. “Vendía bien hasta hace dos años. Después se cayó todo. Cerré y ahora manejo. Pensé que era algo temporal, pero ya llevo más de un año”, cuenta. La historia se repite en distintos rubros: comerciantes que reconvierten su actividad ante la caída de ventas.
Más choferes, menos viajes
El crecimiento de la oferta también empieza a generar tensiones dentro del propio sistema. Más conductores en la calle implica, en muchos casos, menos viajes y tarifas más bajas.
Desde el sector advierten sobre una “saturación”. Pablo León, referente de la Agrupación de Choferes de Aplicaciones Unidos, plantea que cada vez más trabajadores formales se vuelcan a las apps como salida inmediata. “Muchos creen que es una solución fácil, pero no siempre lo es. Hay costos, desgaste del vehículo y una competencia creciente. En muchos casos se trabaja con márgenes muy ajustados”, señala.
Un síntoma más que una solución
Detrás de cada volante hay una constante: el ingreso principal no alcanza. La “libertad” de las aplicaciones aparece como una ventaja, pero también como una señal de alarma.
La respuesta de todos los consultados coincide en un punto: no se trata de una elección, sino de una necesidad.
“Si mejoraran los salarios, nadie estaría haciendo esto”, sintetiza Daniel.
En La Plata, la expansión del pluriempleo deja al descubierto una tendencia que atraviesa al país, pero que en la ciudad adquiere rostro propio: trabajadores que sostienen servicios esenciales de día y, por la noche o en sus francos, salen a buscar el ingreso que falta.


