Especialistas cuestionan la medición del INDEC y señalan fallas clave: cambios en el consumo, subregistro de gastos y el impacto de tarifas y alquileres. El escenario real podría ser mucho más crítico.
La fuerte baja de la pobreza que difundió el Gobierno —del 52,9% al 28,2% entre 2024 y 2025— empieza a mostrar grietas. Detrás del festejo oficial, crecen las advertencias de economistas y sociólogos que ponen en duda la consistencia de los números y sugieren que la pobreza real podría ser hasta 10 puntos más alta.
El cuestionamiento no es menor: implica que el país podría estar lejos de una mejora estructural y más cerca de una reconfiguración estadística que no refleja del todo lo que pasa en la calle.

Una mejora que no cierra del todo
Desde el Gobierno, figuras como Luis Caputo, Sandra Pettovello y Manuel Adorni celebraron la caída del índice. Sin embargo, especialistas como Agustín Salvia (UCA) advierten que hay “cierta ficción” en la medición.
El punto central es metodológico: el INDEC mejoró la captación de ingresos en los hogares, lo que por sí solo explicaría cerca de cinco puntos de reducción en la pobreza.
Pero ese cambio introduce un problema clave: rompe la comparabilidad con años anteriores. Es decir, no necesariamente la pobreza bajó tanto, sino que ahora se mide distinto.

El otro sesgo: cómo se gasta hoy
El segundo factor —y más profundo— es la estructura de consumo.
El cálculo oficial sigue basado en patrones de gasto de 2004-2005, cuando la mayor parte del ingreso familiar se destinaba a alimentos. Hoy el escenario es otro: tarifas, transporte, medicamentos y alquileres se llevan una porción mucho más grande del ingreso.
Ese desfasaje genera una distorsión directa en la línea de pobreza.
En términos concretos:
- Con la metodología actual, la pobreza en el segundo semestre de 2025 fue de 28,2%.
- Con el sistema de 2023, subiría a alrededor del 32%.
- Con una estructura de consumo actualizada, podría ubicarse entre 39% y 40%.
Tarifas, alquileres y una canasta desactualizada
El impacto de la política económica es clave en este punto. La liberación de tarifas de servicios públicos y del transporte, sumado al aumento sostenido de alquileres, cambió el mapa de gastos de los hogares.
Sin embargo, esos cambios no están plenamente incorporados en la medición.
El caso de los alquileres es paradigmático: afectan a entre el 40% y 50% de los hogares según distintas estimaciones, pero su peso en la canasta oficial sigue subrepresentado.
A eso se suma otro dato contundente: el precio de los alquileres se multiplicó 97 veces en la última década.
La pobreza que no se ve
Si se corrigen estos sesgos, el panorama social cambia de forma significativa.
Algunas estimaciones privadas indican que:
- La pobreza real podría alcanzar al 48% de las personas.
- Habría alrededor de 4 millones de hogares pobres, contra los 2,1 millones oficiales.
- Más de 6 millones de personas quedarían fuera de la medición actual.
Y hay otro dato que enciende alertas: el universo de los “casi pobres”.
Un 35,3% de los hogares tiene ingresos por debajo del doble de la línea de pobreza. Es decir, están a un paso de caer.
En conjunto, entre pobres y vulnerables, el número podría trepar al 81% de la población.


La Plata: ingresos que no alcanzan
En ciudades como La Plata, donde el costo de vida se tensiona por alquileres en alza, transporte caro y servicios que no paran de aumentar, esta discusión deja de ser técnica.
Se traduce en un dato concreto: cada vez más hogares están obligados a recortar consumo, endeudarse o directamente dejar de pagar servicios para sostener lo básico.
El deterioro del ingreso real, que también impacta en el empleo local y el comercio, complejiza aún más el cuadro.
Una clase media en retroceso
El efecto final de este proceso es una estructura social más polarizada.
Solo el 19,2% de la población se ubica en una franja de ingresos que podría considerarse clase media. En contraste:
- El 74,6% está por debajo del ingreso promedio.
- Apenas el 6,2% lo supera.
- Solo el 1% accede a ingresos altos.
La foto es clara: la clase media pierde peso mientras crecen los sectores vulnerables.
Lo que viene
La discusión sobre cómo medir la pobreza no es un debate técnico aislado. Define diagnósticos, políticas públicas y prioridades.
Si los números oficiales no logran capturar los cambios reales en el costo de vida, el riesgo es tomar decisiones sobre una realidad incompleta.
En un contexto de ajuste, tarifas altas y consumo en retroceso, la pregunta de fondo sigue abierta: si la pobreza baja en los papeles, pero no en la vida cotidiana, ¿qué tan sostenible es ese relato?


