La economía argentina atraviesa un proceso de metamorfosis regresiva que los números comienzan a cristalizar con crudeza. Según un reciente informe de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, el peso de la industria manufacturera en el Producto Interno Bruto (PIB) se desplomó al 13,7% en 2025, una cifra que no se registraba desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Para encontrar un escenario similar, hay que retroceder casi un siglo, a una Argentina de perfil netamente agroexportador y escaso valor agregado.
Este escenario de «desindustrialización» no es solo una estadística macroeconómica; tiene un impacto directo en la calle y en los cordones industriales que rodean a ciudades como La Plata, Berisso y Ensenada. La caída de la actividad, que acumula un 8,3% en dos años, se traduce en una capacidad ociosa que ya supera el 40%. En términos humanos, la crisis se mide en despidos: desde finales de 2023 se perdieron 100.000 puestos de trabajo en el sector, lo que equivale a 160 empleos menos por día.
El «termómetro» de la construcción: señales de estancamiento
El inicio de 2026 no trajo el alivio esperado para la construcción, sector que históricamente funciona como el motor de la actividad económica en la región capital. El Índice Construya, que mide la venta de insumos al sector privado, marcó en febrero una caída interanual del 2,7%.
Aunque hubo un repunte mensual respecto a enero (explicado mayormente por la estacionalidad y el fin de las vacaciones), el primer bimestre cerró con una contracción del 1,9%. Lo más preocupante es la caída en materiales estructurales, aquellos que definen el inicio de nuevas obras:
- Cales: -15%
- Ladrillos huecos: -14,9%
- Hierro redondo y acero: -10%
- Cemento Portland: -5,3%
Mientras que rubros de terminación como grifería o pintura muestran subas, la base de la pirámide constructiva —el hormigón y el ladrillo— sigue en terreno negativo, lo que sugiere que no hay un flujo de proyectos nuevos que logre compensar el parate de la obra pública.
Apertura de importaciones y «reprimarización»
El informe de la UBA es lapidario respecto a las causas: el atraso cambiario, la caída del consumo interno y una apertura de importaciones que golpeó de lleno a las PyMEs. El sector de bienes de capital vio cómo su producción caía un 24% mientras las importaciones del mismo rubro se disparaban un 77%.
Desde el sector metalúrgico, las voces de alerta son desesperadas. La entrada masiva de maquinaria usada —que se multiplicó por 8 en el último año— ha puesto en jaque incluso a polos industriales que fueron bastiones del voto oficialista, como el complejo de maquinaria agrícola en el interior del país.
Hoy, la economía argentina muestra dinamismo únicamente en alimentos y energía. Esta especialización, lejos de ser una virtud de eficiencia, marca una reprimarización: exportamos lo que sale de la tierra y el subsuelo, pero perdemos la capacidad de transformar esa riqueza. Las manufacturas de origen industrial, que en 2011 representaban el 35% de nuestras ventas al exterior, hoy apenas llegan al 28%.
Perspectivas para la región
Para los lectores de La Plata, este combo de recesión industrial y freno en la construcción impacta por partida doble. Por un lado, la incertidumbre en el sector inmobiliario local, donde el 67% de las empresas no prevé cambios significativos en el corto plazo. Por otro, la presión sobre el mercado laboral de una región que depende fuertemente de la estabilidad del consumo y la actividad administrativa y de servicios, hoy jaqueados por la pérdida de poder adquisitivo.
La pregunta que queda flotando en el aire analítico es hasta qué punto el entramado social puede sostener un proceso de desindustrialización que nos devuelve a la foto de una Argentina de 1935, pero con una población y unas demandas del siglo XXI.


