Lo que arrancó como una discusión de fútbol terminó convirtiéndose en el operativo de desprestigio más virulento contra la Argentina en la historia de las redes sociales. Y en medio de ese vendaval, el gobierno de Javier Milei optó por el silencio. Ni el presidente ni su canciller Pablo Quirno emitieron una sola palabra pública para defender al país.
La paradoja es difícil de ignorar: los protagonistas de la campaña son exactamente los sectores que Milei ha identificado como sus principales adversarios ideológicos, la progresía internacional, el wokismo de Hollywood y los políticos de la izquierda global. Pero cuando llegó el momento de enfrentarlos en nombre de la Argentina, no hubo respuesta.
Quiénes y qué dijeron
La consultora Ad Hoc, especializada en conversación digital, midió el fenómeno: 826.000 referencias al supuesto «racismo argentino», 764.000 menciones que vinculaban a la Argentina con Israel, y 688.000 menciones al término «ArgenFIFA» por la teoría de que el Mundial estaba arreglado. Las menciones escalaban con cada partido de la Selección y tuvieron su pico durante el encuentro con Inglaterra.

Entre los que tomaron la posta: el actor Samuel Jackson, que nació en 1948, cuando en Estados Unidos todavía existían sectores de colectivos exclusivos para blancos y la segregación racial era ley vigente hasta 1964, pidió «no hinchar por Argentina» porque era «uno de los países más racistas del mundo». Lo hizo reposteando el mensaje de una organización de graduados afroamericanos, acompañado de una imagen de su personaje Stephen de Django Unchained con la camiseta albiceleste, sin ningún argumento que sostuviera la afirmación.
La cantante española Rosalía se sumó festejando un posteo de la actriz Mia Khalifa que llamaba «perlas» a los argentinos, término despectivo en España. La reacción fue fulminante: miles de fanáticos comenzaron a devolver las entradas para sus cuatro shows en el Movistar Arena de Buenos Aires. Rosalía tuvo que borrar su posteo. Peor le fue a un artista brasileño que se burló de Malvinas y Maradona: la asociación que organizaba su show le canceló la actuación.
El economista griego Yanis Varoufakis celebró la «maravillosa cohesión multicultural de España» y fue respondido con fotos de los containers con alambre de púa donde Grecia aloja a los inmigrantes. El actor español Javier Bardem declaró que apoyó a España porque Milei respalda a Netanyahu, a quien llamó «criminal de guerra». Patti Smith le dio entidad a una foto falsa de Lamine Yamal sosteniendo una kufiya. Y en el Congreso de Estados Unidos, la congresista socialdemócrata Jasmine Crockett afirmó que si el mundo apoyó a España «hay una historia racista detrás», mientras un profesor de Yale que estaba testificando le había sugerido que quizás fue por el buen juego.
Lo que los datos muestran
La acusación de racismo contra la Argentina no es nueva. El Washington Post ya la instaló durante Qatar 2022 y ahora se reprodujo con más virulencia. Pero los números disponibles la contradicen. La Integrated Values Survey, que mide actitudes sociales en decenas de países, ubica a la Argentina entre las naciones donde menos personas dicen que les molestaría tener un vecino de otra raza. El dato no cierra el debate, pero desmiente la caricatura. «Metieron indios en una jaula y los pasearon por todos los museos de Europa, donde siguen exhibiendo los trofeos del poder colonial. Y ahora quieren instalar esta pelotudez del racismo. ¿Por qué Samuel Jackson tiene algo interesante para decir sobre Argentina?», le dijo a La Política Online una argentina que enseña en una prestigiosa universidad estadounidense.
El gobierno atrapado
La ausencia de Milei y Quirno no es solo un vacío comunicacional. Es el producto de una serie de contradicciones que el gobierno fue acumulando durante todo el Mundial y que lo dejaron sin ningún margen para pararse con autoridad moral.
El episodio de la bandera de Malvinas lo resumió todo. El gobierno intentó prohibir su exhibición antes de la semifinal. Cuando los jugadores la mostraron de todos modos, desde el oficialismo los llamaron «imprudentes». Luego, ante el masivo apoyo popular, fueron retrocediendo. El lunes, Quirno apareció celebrando la bandera que días antes había intentado suprimir. El papelón fue completo.

Tampoco ayudó el feriado. Milei lo anunció antes del partido, con la ansiedad de comunicarlo primero, y muchos en la tribuna popular lo señalaron como responsable de «mufarla». La derrota cerró el ciclo de desencuentros del presidente con las pasiones que agitó la Selección.
Ahora, con la campaña antiargentina en plena efervescencia, Milei tiene frente a sí un problema de identidad política sin solución limpia. Los que atacan al país son exactamente los progresistas, los woke, los sectores de la izquierda internacional que el presidente denosta en cada discurso. Son sus enemigos declarados. Pero enfrentarlos en nombre de la Argentina implicaría una cuota de nacionalismo que choca con el perfil de un presidente que declara que su héroe es Margaret Thatcher, que su gobierno quiso prohibir la bandera de Malvinas y cuyo círculo de aliados incluye al primer ministro israelí en medio de una guerra que tiene al mundo partido al medio. Como señaló el ex secretario de Comercio Guillermo Moreno, la campaña «pone en un brete al gobierno porque surgió el nacionalismo que llevamos adentro».
El rebote que completó el desastre
Cuando la respuesta política finalmente llegó, llegó en el peor formato posible. El diputado bonaerense libertario Agustín Romo presentó en la Legislatura un proyecto para arancelar a extranjeros sin residencia permanente el acceso a hospitales públicos y universidades provinciales. El texto lo firmaron 18 de los 20 diputados de LLA, sumados a Guillermo Montenegro del PRO, lo que deja claro que no fue un exabrupto individual sino una decisión de bancada.
En X, Romo lo presentó con la sutileza de un aldabanazo: «Basta de pagar la educación de extranjeros que nos odian. Échenlos a todos. Me importa un carajo si les falta un final para recibirse». Más tarde agregó: «Muchos de los que vienen a vivir, estudiar y disfrutar de la Argentina nos odian, nos critican y nos tildan de racistas. Bueno, se acabó».

El proyecto tiene sus propias limitaciones técnicas: en la Provincia solo hay dos universidades de jurisdicción provincial, y la inscripción en cualquier casa de estudios ya requiere DNI, que a su vez exige residencia permanente, haciendo redundante la restricción. Además, exceptúa las emergencias con riesgo de vida, víctimas de trata y vacunación.
Pero la técnica legislativa pasó a segundo plano. Lo que quedó en el aire fue la imagen de un legislador oficialista que, en plena ola de críticas internacionales, salió a confirmar exactamente el estereotipo que el mundo instalaba. Cualquier corresponsal extranjero buscando pruebas de que la reacción argentina tenía un trasfondo excluyente las encontró servidas en bandeja, con nombre y apellido de diputado bonaerense incluido.


