Sábado 6 de junio de 2026
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Kirchner, Spinetta, Hebe, Maradona, el Indio: la Argentina que se va con ellos

No son solo muertes famosas. Son fracturas en una identidad colectiva que tardó décadas en construirse y que cada vez cuesta más reemplazar. Una reflexión sobre lo que perdemos cuando perdemos a los que nos dieron palabras, canciones, banderas y sueños.

Rubén D. Bárcena (*)

Hay muertes que duelen en el cuerpo. No metafóricamente: duelen de verdad, en el pecho, en la garganta, en ese lugar físico donde uno guarda lo que no sabe bien cómo nombrar. La muerte de Néstor Kirchner en 2010 fue así. La de Spinetta en 2012. La de Diego en 2020. La de Hebe de Bonafini en 2022. Y ahora la del Indio Solari, este viernes, en su casa de Parque Leloir.

Cada vez que muere uno de ellos, el país se detiene un momento. Y en ese silencio colectivo, breve e incómodo, algo se pregunta sin que nadie se anime a decirlo del todo: ¿qué parte de nosotros se va con ellos?

Los que nos dieron un lenguaje

Luis Alberto Spinetta y el Indio Solari no hacían simplemente música. Fabricaban un idioma. Uno que muchos adolescentes argentinos aprendieron antes que el del colegio, antes que el de sus padres, antes que el de cualquier libro.

Spinetta le enseñó a varias generaciones que la belleza podía ser también resistencia. Que una canción podía contener una filosofía entera. Que el arte no era decoración sino sustancia.

El Indio, desde los Redondos, hizo algo parecido pero con más barro: su poética mezclaba el lumpen con el barroco, lo sagrado con lo plebeyo, y de esa mezcla salió algo que ninguna academia hubiera podido inventar.

Con ellos se va una forma de nombrar el mundo. Y eso no se reemplaza fácilmente.

El que nos dio política con mayúscula

Néstor Kirchner llegó a la presidencia en 2003 con el 22% de los votos y se convirtió, en muy pocos años, en el político argentino que más profundamente dividió —y movilizó— a su generación desde el regreso de la democracia.

Podrá discutirse su legado hasta el fin de los tiempos. Pero hay algo que resulta difícil negar: con Kirchner, la política volvió a ser un asunto de masas. La militancia juvenil resurgió. Las discusiones sobre el Estado, los derechos humanos y la soberanía económica volvieron a la mesa.
Muchos jóvenes que hoy tienen cuarenta años votaron por primera vez pensando que podían cambiar algo.

Con su muerte, en octubre de 2010, algo de esa certeza se fue también. Y nunca volvió del todo igual.

La que nunca dejó de buscar

Hebe de Bonafini era incómoda. Lo era para sus aliados y para sus adversarios. Tenía una lengua afilada, decía lo que pensaba sin calibrar el costo, y eso la hacía difícil de administrar políticamente. Pero también la hacía auténtica de una manera que hoy escasea.

Fue madre antes que dirigente. Empezó a caminar la Plaza de Mayo en 1977 buscando a sus hijos desaparecidos y nunca dejó de caminar. Convirtió su dolor privado en causa pública, y esa transformación —de la tragedia personal al compromiso colectivo— es quizás la lección más difícil de aprender y la más necesaria.

Con Hebe se fue la última voz que podía decir «yo estuve ahí» con la autoridad de quien perdió todo y siguió de pie.

El que nos unía aunque no quisiéramos

Diego Armando Maradona era el único argentino capaz de hacer llorar al mismo tiempo a un camionero del interior, a un universitario porteño, a un pibe de villa y a una señora de country. En un país que lleva décadas fracturado casi en todo, Diego era el punto de contacto imposible.

No porque fuera perfecto —era todo lo contrario— sino porque era genuinamente nuestro. Con sus contradicciones, sus excesos, su genialidad y su autodestrucción. Maradona era Argentina mirándose al espejo sin retoques.

Cuando murió, el 25 de noviembre de 2020, el país hizo algo que casi no sabe hacer: lloró junto. Y en ese llanto colectivo había algo más que tristeza por un jugador de fútbol. Había la conciencia, aunque nadie lo dijera así, de que algo que nos sostenía se había roto.

Lo que nos queda

No hay forma de reponer lo que se fue con cada una de estas muertes. No porque no haya talento, ni compromiso, ni nuevas voces —las hay— sino porque estas figuras cargaban con algo que se construye en décadas: la capacidad de interpelar a una sociedad entera, de cruzar fronteras de clase, de edad, de ideología.

Eran, cada uno a su manera, espejos en los que este país reconocía algo de sí mismo. A veces con orgullo. A veces con vergüenza. Siempre con intensidad.

Cada vez que muere uno de ellos, la pregunta que flota en el aire no es solo «¿quién viene después?». Es más profunda y más incómoda: ¿somos capaces, todavía, de producir figuras que nos convoquen a algo más grande que nosotros mismos?

Por ahora, la respuesta está en la calle. En los ricoteros que esta tarde lloraban en 7 y 50. En los que pusieron flores en el obelisco cuando murió Diego. En los que se abrazaron en Plaza de Mayo cuando murió Néstor.

El país que se va con ellos no desaparece del todo. Vive, por ahora, en los que todavía saben para qué salir a la calle.

(*) Editor en InfoPlatense

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