En la Casa Rosada siguen de cerca las encuestas sobre los jóvenes. Y lo que ven preocupa. El Índice de Confianza en el Gobierno elaborado por la Universidad Di Tella marcó en julio su punto más bajo entre los menores de 30 años desde que Javier Milei asumió. Por primera vez desde el inicio de la gestión, la confianza de ese segmento cayó por debajo del índice general. Para un gobierno que llegó al poder montado en buena medida en el entusiasmo de la juventud, la señal es más que una estadística.
La magnitud del problema surge de un cálculo simple: los menores de 30 representan el 26% del padrón electoral, casi 9,4 millones de votos. Cada punto que Milei pierde en ese segmento equivale a 100.000 votos. Una caída de 30 puntos en el índice de confianza —que es aproximadamente lo que registra el ICG de la Di Tella— representaría alrededor de 3 millones de votos menos. Es casi exactamente la diferencia que separó a Milei de Massa en el ballotage de 2023.

La evidencia que no se puede ignorar
Dos encuestas cuantifican el desafío. El Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA relevó que solo el 57% de quienes votaron a Milei en 2023 volverían a votar por La Libertad Avanza. En paralelo, el CIAS reportó que el 43% de los jóvenes de 16 a 24 años de barrios populares del conurbano que votaron LLA en 2023 no volvería a hacerlo en 2027. En el oficialismo las estimaciones son dispares: algunos proyectan una deserción del 39% respecto de 2023; otros la ubican en el 23% y la consideran recuperable.
El politólogo Facundo Cruz comparó la participación electoral de 2025 con la de 2021 y encontró que la caída fue más pronunciada entre los jóvenes que en cualquier otro segmento etario. En 2025, la participación de los de 18 a 29 años fue de apenas 65,5%, frente al 73,4% de los adultos de entre 30 y 49 y al 80% de los mayores de 50. El ausentismo joven no es un fenómeno nuevo, pero la profundidad de la caída en la comparativa intertemporal sí lo es.
Por qué se van
Las causas son económicas y políticas a la vez. En lo económico, los datos son contundentes: la desocupación entre jóvenes de 14 a 29 años duplica a la de los adultos. Entre los deudores de 18 a 25 años, el 38% está en mora, apenas un punto más que los de 26 a 35. Según Empiria Consultores, los jóvenes son el grupo etario más moroso del país. El telón de fondo es más sombrío todavía: desde 2022, el suicidio es la primera causa de muerte entre los de 15 a 24 años; desde 2024 desplazó también a los accidentes de tránsito entre los de 25 a 34.
En lo político, el diagnóstico interno del oficialismo señala otro factor: el deterioro del vínculo con la militancia digital. La marginación de Las Fuerzas del Cielo —la organización juvenil que responde al asesor Santiago Caputo— después del triunfo en las legislativas de 2025 dejó sin tracción el dispositivo que hasta entonces había convertido las redes sociales en territorio propio. «Se resintió la relación con las Fuerzas del Cielo, que antes tenían más lugar dentro del mileísmo, y eso hizo que se enfriara la relación con la juventud», reconoció un referente libertario. El Gordo Dan, que en algún momento llegó a anticipar despidos y funcionaba como un amplificador masivo, quedó reducido al rol de comentarista. «El ecosistema digital ahora parece mucho más disperso que antes», admitió una fuente violeta.
La interna karinista y la estrategia para recuperarlos
La discusión sobre cómo recuperar a los jóvenes replica la disputa más amplia entre los dos grandes sectores del gobierno. Por un lado, los armadores karinistas apuestan a la construcción territorial y a los resultados económicos como herramienta de recuperación. Por el otro, quienes orbitan alrededor de Santiago Caputo sostienen que la pérdida del ecosistema digital es parte del problema y que no se resuelve solo con mejoras económicas.
No parece casual que Milei haya retomado en Rosario las caminatas con militantes que había abandonado meses atrás, ni que haya anunciado un nuevo recital. «Los jóvenes de entre 18 y 24 siguen siendo el segmento que más apoya a Milei y no hay otro político que performe mejor. Lo que se perdió se perdió y se fue a desencanto», admitió, con matices, un conocedor de los números. «El reclamo es económico. Les está costando llegar a fin de mes, pagar la tarjeta», sintetizó un alfil libertario.
Un problema que puede ser estructural
Detrás del debate coyuntural hay una pregunta más incómoda: ¿es la volatilidad joven un fenómeno pasajero o una característica permanente de la Generación Z? La ciencia política solía responder que los lazos con los partidos se consolidan con la edad. Pero los datos comparativos erosionan esa certeza. En Estados Unidos, el 56% de los adultos de la Generación Z se identifica como independiente, frente al 47% de los millennials y el 40% de la Generación X cuando tenían una edad comparable. En Europa, apenas el 25% de los menores de 25 vota siempre al mismo partido, contra el 53% de los votantes de mayor edad.
El informe Pulsar UBA sobre el fenómeno del «ningunismo» confirma que los jóvenes no están menos interesados en política ni más desideologizados que el resto. Donde sí se diferencia su comportamiento es en la participación institucional: los canales convencionales —sindicatos, agrupaciones, militancia barrial— no los convocan. Cuando una causa los moviliza, aparecen. La oposición a la Ley de Tierras, con figuras como Tini o Lisandro Martínez expresándose públicamente, fue la demostración más reciente. El desafío para cualquier fuerza política es llegar a ellos por los canales donde están, no encauzarlos hacia los que ya abandonaron.


