Los lockers de madera instalados este año en cada curso obligan a los alumnos a dejar el teléfono al ingresar a clases. Cinco horas sin pantalla. El resultado sorprendió incluso a las autoridades.
El Colegio Nacional de la UNLP resolvió de manera concreta lo que muchas escuelas del país debaten sin encontrar la forma: cómo hacer cumplir la prohibición de celulares en el aula. La respuesta fue sencilla y física: un locker de madera por curso, instalado este año con fondos de la cooperadora y del Centro de Ex Alumnos, donde cada alumno deposita el teléfono al inicio de la jornada y lo recupera al final.
Los estudiantes entran al aula, el preceptor guarda los equipos bajo llave y los devuelve al terminar, salvo que un docente los requiera para uso pedagógico. De 13 a 18, el Colegio Nacional funciona sin teléfonos. Cinco horas de desconexión total.
De la norma al casillero
La restricción no era nueva. Ya figuraba en los boletines informativos del año pasado, pero no se cumplía de manera sistemática. «Durante los recreos los estudiantes seguían conectados y casi no interactuaban entre ellos», explicaron desde la institución. La solución no fue una nueva circular sino un objeto concreto que hace imposible ignorar la regla.
Los lockers son de madera y fueron diseñados específicamente para el uso escolar. Cada uno tiene un casillero por alumno y queda bajo la custodia del preceptor del aula. El costo fue cubierto de manera conjunta entre la cooperadora de padres y la agrupación de egresados, sin necesidad de presupuesto institucional adicional.
Lo que cambió adentro del aula
El efecto más llamativo no fue la reducción del ruido sino exactamente lo contrario. «Volvimos a pedir silencio en el aula», reconocieron las autoridades del colegio. «Lo que pasaba antes era que estaban todo el tiempo callados pero tenían los celulares abajo del banco.»
La frase describe con precisión un fenómeno que los docentes registran hace años: el aula silenciosa no era señal de atención sino de distracción invisible. Nadie hablaba porque nadie estaba ahí realmente.
Algunos alumnos mostraron resistencia al inicio, aunque no hubo reclamos formales. El caso más recordado fue el de una estudiante de segundo año que pidió conservar su teléfono argumentando que «no le gustaba hablar con chicos». La anécdota ilustra el nivel de dependencia que el dispositivo había generado incluso como escudo social.
Familias y clima institucional
La respuesta de las familias fue inmediata. «Cuando el primer día de clases anunciamos que los chicos no iban a tener los celulares en el aula, los padres aplaudieron», señalaron desde la conducción del colegio.
La medida también redujo los conflictos vinculados con amenazas o situaciones generadas vía redes sociales durante el horario escolar, un problema que había crecido en los últimos años. «Como nada sucede en el horario de clases vía web, la verdad que se vive muy tranquilo el clima colegial. Nadie te invade de afuera en las horas de clases», describieron.
La comunicación entre las familias y los estudiantes durante la jornada volvió a canalizarse por las preceptorías y los teléfonos de la dirección, igual que antes de la masificación de los smartphones.
Un modelo para replicar
La experiencia del Colegio Nacional ocurre en un momento en que el debate sobre el uso de celulares en las escuelas está instalado a nivel nacional y provincial. Argentina sancionó en 2024 una ley que habilita a las jurisdicciones a restringir su uso en establecimientos educativos, pero la implementación efectiva sigue siendo el nudo del problema en la mayoría de los colegios.
El modelo platense no requirió legislación nueva ni tecnología sofisticada. Alcanzó con un casillero de madera, voluntad institucional y el consenso de la comunidad educativa.


