Sábado 23 de mayo de 2026
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Kicillof y Máximo no se ven, el PJ bonaerense se pudre: 5 intentos fallidos y una interna que ya nadie puede disimular

Katopodis, Cascallares y Otermín llevan semanas operando como puentes entre La Plata y el cristinismo, sin resultado. El fantasma de que CFK baje su propio candidato y le quite 15 puntos al gobernador empieza a circular con nombre propio.

La fotografía del peronismo bonaerense actual es tan clara como incómoda: el gobernador de la provincia más grande del país y el hijo de la expresidenta más poderosa del kirchnerismo no se sientan a hablar. No por falta de intermediarios ni de intentos. Por desconfianza acumulada, agravios que nadie termina de digerir y un cálculo político que, por ahora, empuja a cada sector a esperar que el otro ceda primero.

Desde hace semanas, tres dirigentes de peso trabajan activamente para destrabar ese encuentro: Gabriel Katopodis, Mariano Cascallares y Federico Otermín. Llamados, mensajes, propuestas. Cerca de cinco intentos concretos que no prosperaron. El más reciente fue el 24 de abril, el día que Kicillof asumió la presidencia del PJ Bonaerense en La Plata: Katopodis habló con Mayra Mendoza para avanzar en la organización del encuentro. Tampoco funcionó. El clima estaba caldeado por un mensaje de Mendoza a Carlos Bianco durante su internación en España, que el kicillofismo tomó como una agresión directa.

El patrón se repite: cada vez que la situación parece encaminarse, aparece algo que la dinamita.

El episodio del Teatro Coliseo Podestá, hace poco más de una semana, es el ejemplo más fresco. Un puñado de militantes cristinistas ingresó con una bandera que decía «Cristina Libre» a un acto del PJ Bonaerense y le reclamó al gobernador que se expidiera. La militancia kicillofista respondió a los gritos: «Axel presidente». El aire se puso espeso, como describe alguien que estuvo ahí.

En la gobernación no tienen dudas de quién está detrás de esas movidas. «Son ellos los que tiran piedras porque ven problemático el nuevo rol de Axel», dijo un ministro bonaerense con fuerte peso en el armado político. El diagnóstico en La Plata es simple y repetido: La Cámpora boicotea porque le teme al crecimiento de Kicillof, no porque tenga razones de fondo.

La Cámpora y sus piedras en el camino

Desde el sector de Máximo Kirchner aseguran lo opuesto: que el líder camporista siempre dijo que sí cuando le llegó la propuesta de reunirse. «Hay absoluta predisposición. Donde quieran y cuando quieran. Máximo va a estar», señaló un hombre de su confianza. El problema, dicen, siempre viene del otro lado.

Lo que no dicen es que La Cámpora lleva más de un año acumulando acciones que socavaron la relación. El acto del Teatro Atenas, en septiembre de 2024, donde le cantaron una cumbia con mensaje directo a Kicillof: «Si querés otra canción, vení te presto la mía». El golpe de Cristina Kirchner en Smata, en octubre de ese mismo año, cuando deslizó que «los Poncio Pilatos y los Judas en el peronismo no van más», apuntando sin nombrarlo al gobernador. La presión para que no desdoblara las elecciones bonaerenses y, cuando lo hizo igual, la acusación de «desmembrar el proyecto nacional».

En La Plata tienen esa cronología muy presente. Y cada nuevo incidente la refuerza.

La hipótesis que aterra al PJ

Lo que más preocupa en el peronismo amplio, el que mira desde afuera y trata de hacer las cuentas, es el escenario en el que CFK decide romper el molde y pone en cancha un candidato propio para 2027. «Si Cristina dice que Axel no es su candidato, baja 15 puntos automáticamente», razona un consultor que sigue de cerca las variables del espacio.

No es un escenario descabellado. Con Kicillof consolidado como figura presidencial y la expresidenta cumpliendo condena sin posibilidad de competir, la tentación de colocar una tercera opción existe y tiene lógica de poder, aunque destruya cualquier posibilidad opositora frente a Milei.

Quienes frecuentan al gobernador dicen que él está dispuesto a juntarse con Máximo Kirchner, pero que con CFK solo se sentará cuando haya decisiones electorales concretas que tomar —entre ellas, si vuelve a desdoblar las elecciones provinciales. Ir antes, razona, sería ir a recibir reproches sin ningún resultado político concreto.

Sergio Massa, que observa desde afuera pero nunca del todo, le viene planteando hace tiempo que se ponga por encima de la interna y sea el candidato de todo el peronismo, no el líder de una línea. Intendentes del conurbano, con más urgencia aún, dicen lo mismo: «Hay que ponerse de acuerdo porque la estrategia es una sola».

Lo que está en juego en La Plata

Para la ciudad y el resto de la provincia, esta parálisis política tiene consecuencias concretas. El PJ Bonaerense, que conduce Kicillof desde hace un mes, no puede proyectar ninguna estrategia electoral coherente mientras el sector más organizado del peronismo —La Cámpora, con presencia fuerte en municipios del Gran La Plata— opere en paralelo y con agenda propia.

La interna no es solo un problema de egos. Es un problema de gestión: cuando dos sectores del mismo espacio se dedican a boicotearse, los proyectos que dependen de acuerdos legislativos o de coordinación con intendencias se frenan o se condicionan.

Proyección a corto plazo:

El reloj electoral empezará a correr con fuerza después del Mundial. Si para entonces Kicillof y Máximo Kirchner
no tuvieron siquiera un encuentro exploratorio, las posiciones se endurecerán y la negociación —si llega— será en condiciones mucho más costosas para ambos. La dirigencia peronista que hoy pide diálogo empieza a mostrar un agotamiento que, si no encuentra salida, puede terminar en rupturas que nadie está pidiendo en voz alta pero varios ya calculan en silencio.

En La Plata lo leen así: «Que sigan haciendo berrinches mientras nosotros crecemos. Callados la boca nos hacen más daño». Puede ser cierto. O puede ser que la confianza en el desgaste ajeno sea la trampa más cara del kirchnerismo de todos los tiempos.

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