Con la morosidad en niveles récord y siete millones de argentinos afuera del sistema de crédito, el vocero presidencial Adrián Ravier decidió que el problema no es el bolsillo, es la letra chica de la administración del hogar. La misma semana en que el Gobierno admitió la crisis productiva bonaerense, ahora también hay una crisis de educación financiera puertas adentro.
Qué alivio. Resulta que no era el poder adquisitivo pulverizado, ni el costo de vida disparado, ni el uso de la tarjeta para comprar la comida del mes. Era que las familias argentinas, así, en general, no saben manejar sus ingresos. Lo dijo el vocero presidencial Adrián Ravier, en Casa Rosada, con la solemnidad de quien revela una fórmula económica.
Un «proceso de aprendizaje» con el sueldo de otro
Ravier definió el aumento de la mora como parte de un proceso de aprendizaje colectivo, algo así como una currícula nacional obligatoria que consiste en descubrir, mes a mes, hasta dónde da la cuota. Una didáctica interesante: en lugar de mejorar el ingreso, el Gobierno prefiere calificar el examen.
El funcionario repartió la responsabilidad entre bancos y usuarios, aunque el peso de la frase quedó del lado de la gente común: cada uno debería saber cuánto puede gastar antes de fundirse. Una lógica impecable, salvo por un detalle: los datos.
Los números que Ravier prefirió explicar con pedagogía
Mientras el vocero dictaba la clase, el Banco Central informaba que los incumplimientos en créditos a familias llegaron al 12,7% en mayo y que la irregularidad del crédito al sector privado alcanzó el 7,7%, con diecinueve meses consecutivos de suba. Nada raro, es solo la economía real desmintiendo al que tiene micrófono oficial.
A eso se suma que cerca de siete millones de personas quedaron directamente afuera del sistema de crédito por atrasos de más de 90 días, y que las financieras no bancarias —el último cartucho de quien ya no califica en un banco— muestran una morosidad que supera el 32%. Ese no es un problema de planificación doméstica: es un país entero quedándose sin margen.
La costumbre de explicarle la pobreza al que la sufre
No es la primera vez que el vocero encuentra una solución hogareña para un problema macroeconómico. Días atrás, ante la suba de las tarifas de gas, había sugerido abrigarse más para gastar menos, una recomendación que terminó en disculpas públicas después del repudio generalizado.
Esta vez el consejo implícito parece ser el mismo, adaptado al crédito: gastar menos tarjeta, entender mejor los números, aprender a vivir con lo que no alcanza. Todo, mientras cada vez más hogares recurren a préstamos y plástico para pagar hasta la changa de todos los días, la comida.
La proyección, para no llevarse sorpresas
Con la morosidad subiendo hace año y medio sin pausa y el discurso oficial insistiendo en la responsabilidad individual antes que en el ingreso real, no hace falta ser economista para anticipar el próximo capítulo: más familias afuera del sistema financiero formal, más uso de la financiera no bancaria más cara, y, con suerte, alguna frase más del vocero para explicarles, con paciencia, por qué la culpa siempre es de ellos.


