Abrieron las puertas del Microestadio Gatica una hora antes de lo previsto porque la multitud ya desbordaba Avellaneda. La capilla ardiente muestra un ataúd cerrado, flores, banderas y una pantalla que dice «INDIO, 1949-infinito».
A las 9 de la mañana, dos horas antes de la apertura prevista, la avenida Mitre ya era un río de gente. La familia del Indio Solari dio la orden a las 9:50: abrir. No había otra opción. La cola superaba las 50 cuadras y se extendía por tres localidades —Avellaneda, Sarandí y Domínico— y al mediodía seguía creciendo, diez cuadras más, hasta la intersección con la calle Obreros de la Negra.
La magnitud de la convocatoria, sin vallado completo que organice la fila en toda su extensión, ya se compara con los funerales de Néstor Kirchner y Diego Maradona. La familia lo dejó en claro: el velatorio continúa «hasta que haga falta».
Una procesión que arrancó de noche
Muchos no esperaron el amanecer. Un grupo llegado desde Laferrere estuvo desde las 23 horas del sábado. Parte de ellos todavía dormía en la vereda al reparo de un balcón cuando abrieron las puertas. Desde Isidro Casanova, otra columna llegó a la 1 de la madrugada con una enorme bandera negra.
En la fila, sin incidentes, se mezclan el dolor y la pertenencia. La gente canta temas de los Redondos de Ricota para matizar la espera. También se expresa políticamente: se escuchan consignas contra el Gobierno nacional.
Los bomberos recorren la columna identificando gente descompuesta, personas con discapacidad y familias con niños para darles prioridad de ingreso. Más cerca del Gatica, el operativo suma Cruz Roja, SAME y más de 700 efectivos de la Policía Bonaerense entre motorizados e infantería. Todo el perímetro del Parque de los Trabajadores en Villa Domínico está cortado.
El Gatica por dentro
La fila entra al Microestadio de manera continua, por tandas. El clima cambia al cruzar el umbral de la capilla ardiente: de la algarabía de la calle al silencio roto por el llanto.
El ataúd —de madera, con ocho herrajes plateados, cerrado— está solo en el centro, a tres metros del vallado. No hay personas a su alrededor. Detrás, una pantalla LED con seis palabras: «INDIO, 1949-infinito». A los costados, flores, banderas y remeras que los fanáticos dejan como ofrenda. En las paredes, cuadros del arte digital que hacía el propio Indio.
La organización pide que nadie se detenga. Pero muchos no pueden seguir caminando. Hay quienes caen de rodillas, quienes gritan letras, quienes aplauden. La mayoría llora.
«Por siempre en mi corazón, desde Mendoza, miles de kilómetros, pero valió la pena cada segundo», dice una chica mientras despliega una bandera al salir. Franco llegó desde Tandil con su mujer Yamila y su hija Taína, de tres meses: la organización les dio prioridad. Miguel, de Rafael Castillo, pastelero, dejó el trabajo cuando se enteró y vino directo. «El Indio estuvo en mis mejores y en mis peores momentos», dice abrazado a su novia, llorando.
Afuera, en la avenida Mitre, los puestos improvisados venden remeras a $20.000, buzos a $40.000, choripán a $7.000, café con torta a $4.000, Fernet a $12.000. Para los que quieran dejar una ofrenda: rosas a $5.000 y velas a $2.000.
Una despedida sin precedente en el conurbano sur
Para La Plata y la región, la jornada tiene un peso particular. La ciudad fue parte central de la historia de Los Redondos de Ricota —sus shows en el Estadio Único marcaron generaciones de ricoteros del Gran La Plata— y aunque el velatorio terminó eligiendo Avellaneda por razones logísticas, son muchos los platenses que hicieron la travesía al conurbano para estar presentes.
La convocatoria no tiene precedentes recientes en el sur del Gran Buenos Aires. La comparación con los funerales de Kirchner y Maradona no es retórica: es la vara con la que los propios organizadores miden lo que está pasando.
La despedida seguirá abierta sin límite horario. Hasta que la familia lo disponga.







