Martes 28 de abril de 2026
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La confianza en Milei cayó fuerte y deja una señal incómoda para la Casa Rosada: el ajuste ya no ordena el debate

El Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella retrocedió 12,1% en abril y llegó a 2,02 puntos, el nivel más bajo de 2026. La caída pega en el corazón del relato oficial: la promesa de que el sacrificio económico tendrá recompensa empieza a chocar con el desgaste social y político.

La confianza en el gobierno de Javier Milei volvió a caer y esta vez el dato tiene un peso político más difícil de disimular. En abril, el Índice de Confianza en el Gobierno que elabora la Universidad Torcuato Di Tella retrocedió 12,1% respecto de marzo y quedó en 2,02 puntos sobre 5, su peor marca en lo que va de 2026.  

No se trata de una baja aislada ni de una oscilación menor. El indicador acumula cuatro meses consecutivos de retroceso según Infobae y la UTDT, con caídas previas de 2,8% en enero, 0,6% en febrero y 3,5% en marzo. Abril, en ese recorrido, aparece como el golpe más fuerte de la serie.  

El dato incomoda a la Casa Rosada porque toca una fibra central del experimento libertario: hasta ahora, Milei había logrado sostener buena parte de su capital político sobre una idea simple y potente, casi de manual de supervivencia electoral: el presente duele, pero el rumbo es el correcto. El problema es que cuando la confianza empieza a caer mes tras mes, esa promesa deja de funcionar como blindaje automático.

El contrato político de Milei empieza a mostrar fatiga

Desde que llegó al poder, Milei construyó su legitimidad sobre tres pilares: la denuncia contra “la casta”, el ajuste fiscal como condición de orden y la expectativa de una mejora futura. Esa fórmula le permitió atravesar meses de caída del poder adquisitivo, recorte del gasto público, conflicto con gobernadores, deterioro de áreas sensibles y fuerte impacto sobre sectores medios y bajos.

Pero el índice de abril muestra que el margen de tolerancia social no es infinito. El Gobierno todavía conserva una base intensa y disciplinada, pero la confianza más amplia —la que excede al núcleo duro— empieza a resentirse.

Ahí está la clave política: no es lo mismo perder adhesión en el electorado opositor que ver cómo se enfría el apoyo de sectores que acompañaron por expectativa, bronca contra el sistema anterior o rechazo al kirchnerismo. Ese voto “prestado”, menos ideológico y más económico, suele ser el primero en moverse cuando la vida cotidiana no mejora.

La caída del índice golpea donde más le duele al oficialismo

El informe de la Di Tella mide dimensiones como evaluación general del Gobierno, eficiencia en la administración del gasto público, honestidad de los funcionarios, capacidad para resolver problemas y preocupación por el interés general. En abril, los distintos componentes mostraron retrocesos, según los relevamientos publicados.  

Ese detalle importa porque la baja no queda encerrada en una sola variable. No parece ser únicamente cansancio económico, ni sólo malestar por precios, ni apenas ruido político. Es una pérdida más transversal de confianza.

Para Milei, que hizo de la eficiencia, la motosierra y la superioridad moral frente a la política tradicional parte de su identidad pública, el deterioro en esas dimensiones abre una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo puede sostenerse el relato del cambio si la percepción social empieza a parecerse demasiado a la de cualquier gobierno desgastado?

El Gobierno enfrenta una paradoja: muestra números macro, pero la calle mide otra cosa

La Casa Rosada suele apoyarse en indicadores macroeconómicos para defender su programa: equilibrio fiscal, baja de la inflación respecto de los picos previos, mejora de algunas expectativas financieras y ordenamiento de determinadas variables. Sin embargo, la confianza política no se construye sólo con planillas.

En la calle, el termómetro es otro: salarios que corren desde atrás, alquileres altos, tarifas que presionan, changas más inestables, comercios que venden menos y familias que administran el mes con calculadora de guerra. La macro puede ordenar el discurso oficial, pero la micro define el humor social.

En La Plata y el Gran La Plata, esa distancia se nota especialmente. La ciudad combina empleo público, actividad universitaria, comercios de cercanía, profesionales independientes, pymes y una periferia con problemas estructurales. Es un entramado muy sensible al ajuste nacional y provincial, a la caída del consumo y al enfriamiento de la obra pública.

Cuando se retrae el gasto, el impacto no queda en los ministerios de Capital Federal: baja al almacén, al kiosco, al taller, al consultorio, al aula, al club de barrio y al transporte cotidiano. Dicho sin solemnidad: la motosierra no se queda estacionada en Balcarce 50; también pasa por diagonal 74.

La Plata, una caja de resonancia política para el desgaste nacional

La capital bonaerense tiene una particularidad: no sólo recibe el impacto económico de las decisiones nacionales, también las procesa políticamente con mucha velocidad. Conviven empleados estatales provinciales, trabajadores municipales, docentes, universitarios, estudiantes, comerciantes, sectores profesionales y barrios populares con necesidades urgentes.

Ese cruce convierte a La Plata en una caja de resonancia muy sensible para medir el clima político. Cuando sube el transporte, cuando se encarecen los alimentos, cuando se frena la obra pública o cuando la universidad entra en conflicto presupuestario, el tema no queda en abstracto. Tiene nombre, recorrido y dirección.

Por eso, la caída de la confianza en Milei no debería leerse sólo como un dato nacional. En territorios urbanos como La Plata, donde la política se vive con intensidad y la economía se siente en capas distintas, el deterioro puede acelerar discusiones locales: consumo, empleo, asistencia social, fondos para infraestructura, relación Nación-Provincia y capacidad de los gobiernos locales para amortiguar el ajuste.

Kicillof y Alak miran el dato con una oportunidad, pero también con límites

Para el peronismo bonaerense, el retroceso de la confianza en Milei aparece como una oportunidad política evidente. Axel Kicillof viene construyendo buena parte de su posicionamiento sobre la crítica al ajuste nacional, la defensa del Estado provincial y la confrontación con la Casa Rosada por fondos, obra pública y recursos.

En La Plata, Julio Alak también se mueve dentro de ese tablero: necesita marcar gestión local, ordenar una ciudad con problemas acumulados y, al mismo tiempo, diferenciarse del ajuste libertario sin quedar atrapado en la mera denuncia.

Pero el peronismo tiene un límite: el malestar con Milei no se convierte automáticamente en respaldo opositor. La sociedad puede desconfiar del Gobierno nacional y, al mismo tiempo, no estar dispuesta a volver sin preguntas al esquema anterior. Esa es una de las trampas políticas del momento.

El oficialismo nacional pierde confianza, pero la oposición todavía debe demostrar que puede ofrecer algo más que nostalgia, administración del daño o reflejo anti Milei. En términos electorales, ese matiz puede ser decisivo.

El dato también habla de la batalla cultural

Milei no sólo gobierna con medidas económicas. Gobierna con una narrativa: épica de ruptura, confrontación permanente, impugnación de la política tradicional y una comunicación diseñada para mantener movilizada a su base.

Durante meses, esa narrativa le permitió ordenar la conversación pública incluso en medio de costos sociales altos. Pero cuando los índices de confianza retroceden de manera sostenida, la batalla cultural empieza a encontrar un límite material.

La pregunta que aparece es simple: ¿alcanza con ganar la discusión en redes si la experiencia cotidiana va en sentido contrario?

La política argentina ya mostró varias veces que el bolsillo no explica todo, pero también que ningún relato puede flotar demasiado tiempo si la mayoría siente que la mejora siempre queda para después.

La comparación histórica: Milei todavía conserva respaldo, pero pierde altura

Distintos análisis remarcan que el promedio acumulado de confianza de Milei aún se mantiene por encima de los registros finales de otros gobiernos recientes, aunque la tendencia actual marca un deterioro significativo. Infocielo, por ejemplo, señaló que el promedio de la gestión bajó a 2,42 puntos, todavía superior al de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, pero con una confianza actual por debajo del promedio histórico de Mauricio Macri.  

Esa comparación ayuda a evitar dos lecturas simplistas. No hay un derrumbe terminal del Gobierno, pero tampoco hay estabilidad plena. Milei no perdió su base política, pero sí empieza a perder la comodidad que le daba una confianza relativamente alta en medio del ajuste.

La diferencia es importante: un gobierno puede sobrevivir con baja imagen si conserva poder, agenda y expectativas. Pero cuando la confianza baja y la economía no ofrece alivio visible, cada conflicto pesa más.

Abril como punto de quiebre

Abril puede quedar como un mes relevante porque concentra varias señales. El ICG cae con fuerza, la discusión económica sigue dominada por el costo de vida y el Gobierno enfrenta cuestionamientos crecientes por su relación con la prensa y por el manejo político de la agenda pública. La decisión de restringir el acceso de periodistas acreditados a Casa Rosada generó críticas de organizaciones de prensa y sumó otro foco de desgaste institucional.  

Ese clima refuerza una idea: el Gobierno ya no discute sólo economía. También empieza a ser evaluado por sus formas, su tolerancia al control público y su capacidad de administrar poder sin convertir cada diferencia en una guerra.

Para una administración que hizo de la transparencia, la eficiencia y la lucha contra los privilegios una bandera, cualquier ruido en esos planos tiene un costo mayor. No porque la oposición lo diga, sino porque toca el corazón de su promesa original.

La advertencia para la Casa Rosada

El dato de la Di Tella no anticipa por sí solo una crisis política. Pero sí funciona como advertencia. La confianza es uno de los activos más valiosos para cualquier gobierno que pide sacrificios. Cuando ese activo se erosiona, el margen para pedir paciencia se reduce.

Milei todavía puede recuperar terreno si logra mostrar mejoras concretas en inflación, ingresos, empleo y actividad. Pero si la recuperación sigue concentrada en indicadores que no llegan a la vida diaria, el oficialismo corre el riesgo de quedar atrapado en una contradicción: celebrar logros macro mientras una parte creciente de la sociedad siente que el costo lo paga sola.

En La Plata, esa discusión tendrá traducción local inmediata. El consumo, la obra pública, el empleo estatal, la universidad y los servicios urbanos serán parte de una misma conversación política. Y allí, tanto el oficialismo nacional como el peronismo bonaerense pondrán a prueba sus relatos.

Escenario posible

El corto plazo dependerá de una variable central: si el Gobierno logra transformar orden macroeconómico en alivio tangible. Si eso no ocurre, la caída de confianza puede dejar de ser un dato mensual para convertirse en clima político.

La Casa Rosada todavía conserva iniciativa, pero abril dejó una señal clara: el ajuste puede ordenar las cuentas, pero no garantiza obediencia social indefinida. Y cuando la confianza empieza a bajar en escalera, cada peldaño cuenta.

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